Hace muchos, muchos años, al nacer una niña se le agujereaban las orejas casi antes de darle el primer biberón (porque además, la “moda” era eso, el biberón).
Antes incluso de que llegaran las visitas, una monjita armada con los pendientes de perla atravesaba sin dar tres cuartos al pregonero, y por supuesto sin mencionar siquiera la palabra “anestesia”, los tiernos lóbulos de las niñas, que volvían del nido repeinadas, oliendo a colonia y luciendo sus primeros pendientes para refugiarse en brazos de mamá.
Una de mis amigas, también hace tiempo, mucho tiempo – con abuela catalana y muy moderna – pasó su adolescencia abjurando de sus orejas sin pendientes. Cuando nació, su abuela detuvo a la monjita de turno argumentando "¿y porqué no le perforan también la nariz con una argolla?". Resultado: orejas intactas y adolescente mustia por soy la única que no tiene pendientes… pero con respeto hacia una abuela de armas tomar. La moda del 'piercing' todavía no había hecho su aparición.
Cuando nació mi hija, pasó del vientre materno a la incubadora. Conseguía verla atravesando pasillos, en bata y zapatillas, para encontrarla minúscula, diminuta, encerrada en una caja de metacrilato, cubierta de cables y vías sujetas con esparadrapo. Ni me lo planteé. Ni un agujero más en ese cuerpecillo. Y mucho menos, dos.
Pasamos la infancia envidiando a todas sus amigas. Las que llevaban pendientes. A las que habían perforado las orejas antes de salir del hospital. ¿Y porqué no me lo hiciste a mí? Reprochaba. Porque me daba pena que te hicieran más agujeros; ya tenías bastante y pensé, si puedo ahorrarle aunque solo sea un dolor, por pequeño que sea... mejor.
Las cosas han cambiado tanto que ahora, lo de que le perforen también la nariz no lo pedirá la abuela para evitar males mayores. Puede que lo exija una amiga para aprovechar una oferta de Llévese, por el precio de un piercing, dos.