Pero no siempre sucede así, a veces la escena se repite pasadas varias semanas del inicio del curso y el niño acaba por no querer ir. Entonces hay que preguntarse qué está pasando.
Los propios padres pueden propiciar, sin saberlo, el conflicto de la adaptación del niño al ritmo escolar. Bien porque a ellos mismos les cueste despegarse del hijo, o porque al separarse se sienten culpables de esas horas que ’les sirven’ para librarse de ellos.
Palabras tranquilizadoras
Otros padres recurren a ciertos engaños, como decirle al niño en la puerta del colegio: ’Ahora vuelvo’, tratando de evitarle así el sufrimiento de la separación. Esto no hace más que estropear las cosas, la desconfianza se instala allí donde debería haber palabras que lo tranquilizen. Sería mejor decirle: ’Dentro de unas horas vendremos a recogerte’.
Los niños perciben tempranamente los estados emocionales de los adultos; si éstos se angustian ante las separaciones, a sus hijos les costará aún más separarse de ellos. Hace falta explicarles, con pocas palabras, dónde vamos al dejarlos en el colegio, qué haremos y que pronto volveremos a buscarles.