“Quiero dormir con vosotros”

Isabel Menéndez

“Quiero dormir con vosotros”

Las excursiones nocturnas a la cama de los padres son muy comunes pero conviene frenarlas antes de que se conviertan en una costumbre. Ceder ante esta cuestión representa no dejar claros los lugares en el núcleo familiar, algo que perjudica al pequeño.

Dos de la madrugada. Carolina tiene tres años, se acerca a la cama de sus padres y se los queda mirando con carita de pena. Su madre, sobresaltada, se despierta porque nota la presencia de la pequeña que, con tono de suplica, le pregunta: “¿Puedo dormir aquí? Es que tengo mucho miedo”. La madre le pregunta por qué, mientras piensa qué hacer. Sabe que, si la envía sola a su cama, va a volver y, si la deja dormir con ella, estaría cometiendo un error. Se levanta, la acompaña hasta su cama y se queda con ella hasta que la niña se duerme. Últimamente repite estos viajes nocturnos con frecuencia y se queja mucho de tener que dormir sola.

A la mañana siguiente, Carolina se lanza encima de la cama de sus padres y empieza a dar saltos diciendo que es una cama muy grande. “¿Por qué duermo sola si soy pequeña y tengo miedo?”, pregunta. Su madre le contesta que la cama es grande porque es para dos personas, para mamá y papá; y que cuando sea mayor y se case, compartirá una gran cama con su marido. Ante esta reflexión, la niña contesta: “Sí, ya lo sé, con Juan”, que es como se llama su papá. Al llamarlo por su nombre, Carolina intenta borrar la frontera de generaciones entre ella y su padre, queriendo expresar su deseo de ser mayor y, como su madre, estar ahí, en esa cama.

Los niños se quejan a menudo de lo injusto que es tener que dormir en una cama pequeña, solos, mientras que sus padres se hacen compañía. Se sienten excluidos de esta relación, de la que el niño no puede formar parte y es algo que tienen que aceptar. Cuando los padres dejan esto bien claro es mejor para todos.

Por su parte los progenitores saben que permitir que su hijo se meta en su cama trae consecuencias, porque volverá a hacerlo y costará más que se quede después en su habitación solo.

Algunos padres acogen al pequeño en su lecho, como un sándwich entre los dos para que no se caiga, el niño se acurruca junto a su progenitor preferido y siempre recuerda ese lugar como el más seguro del mundo. Es un engaño, que le acerca demasiado a uno de los padres y lo coloca en un lugar donde no debe estar, entre la intimidad de sus progenitores.

EL PELIGRO DE CEDER

Las angustias que perturban el sueño infantil reflejan los sucesos que soporta mal en la vida: la pérdida de un juguete preferido, un cambio de clase, peleas de los padres... El menor puede levantarse a comprobar que todo sigue en su sitio, que sus padres siguen ahí, que están juntos, que se han reconciliado y, una vez que se siente seguro, puede volver a dormirse tranquilo en su habitación.

Son muchos los motivos que llevan a un pequeño a la cama de sus padres: puede estar angustiado, enfermo, tener miedo y, por esas razones, atraviesa la oscuridad de la noche para llegar a la cama que considera la más cómoda del mundo, además de guardar grandes misterios. ¿Pero cuáles son los motivos que llevan a los adultos a aceptar que el niño se quede en su habitación? ¿No hay argumentos? ¿Por qué ignoran las consecuencias de esta permisividad? ¿Por costumbre familiar? ¿Para evitar explicaciones a altas horas de la noche cuando están cansados? Con frecuencia por todas estas razones pero, además, por otras de las que no son conscientes en ese momento y que, sin embargo, tienen su peso en este tipo de actuaciones.

La sexualidad entre la pareja puede tener algunos cambios al combinar los papeles de padres y pareja. Las mujeres pueden estar cansadas o sentirse solas en el cuidado del bebé porque el padre se encuentra ausente y ello influye para que la madre acepte las invasiones del niño. El padre puede sentirse excluido de la relación entre la madre y el hijo, y apegarse demasiado a la hija para así no sentirse ajeno a este vínculo.

En cualquier caso, ceder en esta cuestión representa no dejar claros los lugares en el núcleo familiar, algo que después le complica al niño aceptar las normas educativas inevitables que debe aceptar.

CÓMO ACTUAR

• El niño debe dormirse en su habitación. Conviene darle confianza y decirle que puede hacerlo solo y, si no, quedarse con él hasta que lo haga. Es conveniente que él sepa que vas a estar cerca.

• Los padres tienen que estar convencidos de que mandarles a su cama es lo mejor que pueden hacer. Si se siente pena o se duda pensando que van a estar mejor con nosotros, ellos lo advertirán e insistirán en quedarse.

• Los encuentros en el dormitorio de los padres o los días festivos por la mañana tienen un tono diferente a los viajes nocturnos. No ocultan miedos a crecer. Conviene frenarlos cuando se dan más allá de los tres años.

• Es conveniente que los padres reflexionen si últimamente habéis tenido discusiones de pareja. Los niños son muy sensibles a ellas, a veces se culpan de lo que ocurre, y pueden ir a la cama de los padres para convencerse de que ninguno se ha ido. En estos casos, explícale que a veces os enfadáis, pero que ya está todo arreglado.

• Si lleva varios días haciendo excursiones nocturnas, conviene investigar si hay algo fuera de la casa que le hace sentir inseguro.

PARA EVITAR ERRORES

• Si aceptáis que el pequeño duerma en vuestra cama, corre el riesgo de acostumbrarse. Es, además, un error que pone trabas a su independencia.

• No conviene llegar a la absurda situación de que el papá acabe durmiendo en el sofá, mientras el niño ocupa su lugar en la cama.

• Que el niño se quede donde no le corresponde es producto de un acuerdo, generalmente tácito, entre los padres. Que los lugares estén claros es lo que más beneficia su crecimiento.

• En ocasiones, por cansancio o por temor a que lo pase mal, se cede. No hay que culparse por ello, pero sí reflexionar por qué.

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