Victoria Queipo
El juego es una actividad que surge desde muy temprano. El bebé percibe con angustia la ausencia de su madre cuando desaparece por momentos de su espacio visual. Para tranquilizarse, comienza a relacionarse con ciertos objetos (un trozo de manta o un peluche) llamados transicionales, que él mismo crea y que constituyen un esbozo de lo que será, más adelante, el juego simbólico. Estos objetos llegan a adquirir una importancia vital a la hora de dormir y son una defensa contra las ansiedades del pequeño cuando comienza a separarse de su madre.
A través del juego, el niño transforma en actividad lo que ha vivido pasivamente. Juega porque le gusta y le produce satisfacción. Para los que todavía no hablan, el juego también es un modo de expresar sus sentimientos íntimos y el saber que va adquiriendo al ejercitarse.
Es importante que el niño tenga al alcance de su mano juguetes y materiales, pero darles demasiados, puede inhibir su inventiva para encontrar objetos por sí mismo y crear con ellos sus propios juegos. También es necesario que el espacio destinado a divertirse sea seguro, para ello, se deberá acondicionar un lugar del que se hayan quitado todos los objetos que entrañen algún peligro.
Manipular todo lo que encuentra
Cuando el niño cumple un año y comienza a andar, descubre juegos por sí mismo que se reducen a tocar todo lo que encuentra a su paso. Con mucha paciencia, la madre podrá enseñarle a palpar, por ejemplo, objetos variados que estén contenidos en una caja, para permitir que el niño los manipule mientras ella los va nombrando en voz alta. Es necesario que el niño perciba diferentes materiales y texturas, como la madera y aprenda a golpear, el plástico, el metal, lo suave, lo áspero...
El juego deberá adquirir la importancia y el sentido que damos a comer o dormir, su influencia será decisiva en el desarrollo emocional e intelectual para madurar con una buena capacidad creativa y de disfrute. Desde esta perspectiva, hay muchos autores que ponen en relación la capacidad de jugar del niño pequeño con la capacidad de concentración en el adulto.
La mejor manera de ayudar a un bebé a crecer como persona es el juego. No sólo porque contribuye al desarrollo motor sino porque facilita el descubrimiento del mundo que le rodea.