¿Desearía algo más el señorito?

Isabel Navarro

¿Desearía algo más el señorito?

Autor: EL CORREO

Miles de padres sufren un nuevo y desconocido síndrome: el de la criada. Y es que sólo tres de cada diez adolescentes ayudan en las tareas del hogar. La falta de implicación se manifiesta por igual, además, entre chicos y chicas. Sin embargo, compartir algunas tareas debería formar parte de su educación. Así es la vida de quienes vivien por y para sus hijos.

En sólo 40 años hemos pasado de una sociedad que consideraba a los niños como mano de obra barata a otra donde, mientras ellos juegan al ordenador, los padres trabajan para mantenerlos, limpian, cocinan y ejercen de taxistas, con tanto gusto como resignación.

Lo de llamarlo “síndrome del mayordomo” o “de la criada” es, de momento, una ironía y no una categoría psicológica. Se le ocurrió a Emilio Pinto, autor de “La educación de los hijos como los pimientos de padrón (unos pican y otros no)” (Ed. Gedisa), con el fin de llamar la atención sobre un fenómeno de consecuencias imprevisibles. “Sentirse mayordomo de los hijos es la exageración de una de las inclinaciones más nobles del ser humano: servir –explica este educador, presidente de la Fundación O’Belén–. Algunos padres dicen: “No hagas la cama, ya te la hago yo”; “No hagas los deberes, pobrecito, que estás cansado. Ya te los hago yo”; “No subas andando, que te cansarás; te subo yo”; “No te levantes del sillón, yo te traigo el vaso de agua”. Y, así, uno se acostumbra a servir y el otro, a que le sirvan”.

Según Pinto, los efectos perniciosos de esta costumbre se dan sobre todo en las familias con un solo hijo, en las que algunos niños ejercen su poder como si fueran pequeños emperadores. “En las familias numerosas resulta más difícil escaquearse”, asegura.

CUESTIÓN DE EQUILIBRIO

Y es que el problema no es ayudar a los hijos –porque, de hecho, necesitan ayuda–, sino la manera en que ésta se lleva a cabo y las razones que la acompañan: “Hay padres que siempre están al servicio del hijo –dice el experto–. Eso no es malo en sí mismo, pero ellos deben saber que lo hacemos porque queremos y no porque estemos obligados. Nos cuesta mucho cargar de deberes a los niños. En lugar de eso, preferimos ser los superpapás y las supermamás que siempre lo arreglan todo. Pero es un error hacer todo lo que nos piden sólo para eludir el conflicto. ¿Por qué tenemos miedo a que se enfaden? Los niños no nos quieren por lo que les damos sino por el amor incondicional que les profesamos”.

Según el estudio
del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) titulado “Actitudes y opiniones sobre la infancia y la adolescencia”, los padres consideran que, hasta los 11 años, un niño no tiene que colaborar en casa. Sin embargo, también creen que a los 13 el menor debe tener teléfono móvil, que a los 15 puede participar en las decisiones importantes de la familia y que a los 16 su opinión sobre la hora de volver a casa por la noche es relevante. Al mismo tiempo, los que así opinan piensan que a los hijos se les dan “todos los caprichos” y que “los niños de antes eran más felices que los de ahora”. Los padres suelen considerar al hijo demasiado pequeño para ayudar, pero los pedagogos opinan que invitarle a compartir algunas tareas que los padres requieren, o que no pueden hacer, debería ser parte de su educación.

Para Carmen Franco, especialista en psicología infantil y adolescente: “Educar es guiar y acompañar a los hijos en el proceso de aprendizaje, hasta que lleguen a ser adultos; esto significa crear personas autónomas, que sean responsables, con capacidad para gestionar su vida amorosa, laboral y social”. A su juicio, lo importante no es llenar cabezas, sino “ir metiendo herramientas útiles en la mochila para cuando salgan al mundo. ¿Para qué enseño a mi hijo a comer solo? Para que se sienta capaz, seguro y valioso. ¿Para qué le enseño a leer? Para que se sienta capaz, seguro y valioso. Desde el principio, todas nuestras enseñanzas deben tener el sello de la autonomía personal. Algunas madres se quejan de que sus hijos de 20 años no saben poner una lavadora, pero nunca se han molestado en explicárselo. Si les sustituimos siempre, acabamos sobrecargándonos, reprochándoselo a ellos y educándolos en la dependencia y en la pasividad”.

DECÁLOGO PARA EDUCAR HIJOS AUTÓNOMOS

1. El objetivo es formar personas y acompañarles en su proceso de autonomía. Hay que saber qué son capaces de hacer según la edad, sin exigirles de más ni de menos.

2. Cuando un niño comienza a andar, empieza el proceso. Aprender requiere práctica. Si reconoces su progreso, le estimularás.

3. Respeta su ritmo y ten paciencia si algo no le sale bien. No lo descalifiques ni le digas “eres un pesado porque no has terminado de comer o de vestirte”. Sin darte cuenta, estás minando su confianza.

4. De los tres a los seis años aprenden a cuidarse y a cuidar de sus cosas. Los padres tienen que acompañarles, pero dándoles protagonismo. Si dicen "yo lo hago", no les reprimas, lo importante es reconocer sus ganas.

5. Si quieres que se responsabilice de recoger, prepara su cuarto para que no dependa de ti. Los juguetes deben estar a su altura, en cajas. Y lo mismo con la ropa. Así, recoger será un juego.

6. De los siete a los 11 años puede hacer la cama, recoger el cuarto, preparar la mochila, doblar y guardar la ropa en su armario (aunque no lo haga bien) y bajar la basura alternándose con otro miembro de la familia. Colaborar ya no será un juego, pero debes alentarle.

7. Aunque alguien haga la limpieza, siempre hay cosas por hacer: comprar el periódico o el pan, ordenar la habitación, limpiar el coche…

8. A partir de los 12 años, las tareas se convierten en deberes y ellos siempre quieren dejarlas para más tarde. Es hora de negociar, dejando claro qué es lo que van a hacer, cuándo y cuáles son las consecuencias de que no lo cumplan.

9. Una vez alcanzado el pacto, los padres deben actuar con un solo criterio, porque los hijos aprenden también con la observación.

10. Cada privilegio debe ir acompañado de una nueva obligación.

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