Se deduce que el motivo de tal berrinche responde a alguna negativa recibida, aunque a veces se trata de una negativa suya a algún requerimiento del adulto. Alrededor de los dos años son frecuentes y casi esperables las reacciones de este tipo, ya que forman parte del proceso de maduración psíquica. En esta etapa, los niños sufren repentinos cambios de humor, se muestran negativos y resultan muy difíciles de manejar.
Recobrar la calma
Se trata de una etapa normal del desarrollo, que se manifiesta en un desequilibrio emocional. El pequeño se debate entre el deseo de sentirse seguro, protegido, y el anhelo de independencia. Es un momento en el que el niño está tratando de ser él mismo y, aunque termine haciendo o aceptando lo que le dicen sus mayores, necesita oponerse para afirmar su individualidad. Pero esta autoafirmación no está exenta de contradicciones y tropiezos. Por un lado, quiere hacer todo solo y al mismo tiempo nos necesita con desesperación. Al luchar por su independencia, también siente que pone en peligro el amor de los padres. De modo que no son convenientes las amenazas de dejar de quererlo, que lo único que consiguen es aumentar su angustia. Si mantenemos la calma, le ayudaremos a recobrar la suya.
Respuestas para crecer
Necesidad de autonomía: Para los padres es difícil soportar esta etapa del hijo, sobre todo porque antes se mostraba solícito y colaborador ante las demandas del adulto, fundamentalmente las de la madre. Pero a los dos años deja de ser un bebé y para crecer debe decir que ’no’ para luego decir un ’sí’ que le hace sentir autónomo: ’No es porque tú me lo pides, es porque yo quiero hacerlo’.
La rabia como respuesta: Antes no había diferencia entre él y los demás, pero ahora, con ayuda del lenguaje y de sus adquisiciones motoras, se siente una persona distinta de sus padres. Aún no conoce los riesgos ni las consideraciones que tienen los adultos sobre las cosas. Sufre la prohibición y responde con rabia.
Dosis de paciencia: El período del ’no’ es un momento muy importante que hay que saber respetar y no contrariar. Esto no significa hacer lo que el niño quiera, si no corresponde, sólo es necesario calmarle con palabras que lo tranquilicen y esperar a que se le pase.