Ser Madre

Tiene mucha personalidad

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Su identidad está en pleno proceso de formación y los padres deben aprender a respetarla y educarla: un difícil equilibrio. Cuando los hijos se empeñan en tener la última palabra, ¿hasta qué punto conviene dejarles que se salgan con la suya? ¿Hay que ceder siempre? Te aconsejamos cómo actuar.

Algunos padres se refieren a sus hijos con frases del tipo: “No hay quien pueda con él”, “cuando se le mete una cosa en la cabeza, tiene que ser lo que él dice” o “tiene mucha personalidad”. Pese a la queja manifiesta, tampoco es difícil advertir tras esas expresiones un deje de admiración. Hace falta valor para enfrentarse a los adultos.

El carácter aparece con la personalidad
pero, para que esto suceda, es necesario que se haya constituido previamente el yo. El niño no llega a tener un yo mínimamente diferenciado antes de los 18 meses, edad en la que ha aprendido a decir “no”. El “no” es un modo de poner límites entre él y el otro, especialmente entre él y su madre, comenzando así a constituir una identidad autónoma. En ese periodo, el pequeño se da cuenta de que, cuanto más dice “no”, que es también una respuesta al “no” de los adultos, más resistencia encuentra en ellos. Ante esta reacción, el niño siente que se afirma y asienta su incipiente identidad.

A partir de los tres o cuatro años de edad, el niño que tiene una personalidad firme pasará del “no” sistemático (modo de comunicación primario, pero necesario para su desarrollo) al “no” reflexivo, según sus gustos y sus elecciones, que transmite una necesidad de que se tengan en cuenta sus deseos, sus proyectos y su ritmo de vida. Este tipo de niños no son caprichosos: intentan afirmarse y mostrar sus cualidades. Es necesario ver lo que hay debajo de esa coraza, pues se puede tener un carácter fuerte siendo muy vulnerable. A veces, un exceso de afirmación personal puede convertirse en una manera de protegerse.

El niño es una pantalla en la que se proyectan las actitudes de su entorno más próximo. Reproduce los modos de comunicación que ha visto en los otros y puede afirmarse en la familia al modo de los adultos o como intuye que a sus padres les gustaría que lo hiciera. El niño pequeño necesita tiempo para conformar su personalidad. Es lógico que, antes de los tres o cuatro años, le cueste trabajo aceptar las reglas educativas que recibe, en primer lugar, de sus padres. Esta aceptación implica tener que controlar y reprimir algunos impulsos. La protesta sólo señala la dificultad de afirmarse y de dominar sus impulsos. Sin embargo, puede ser interpretada por los padres como firmeza de carácter.

EL CASO DE SARA

Sara, que tiene cinco años, es la cabecilla de su grupo de amigos dentro del colegio. Bastante mandona, pero muy simpática, ha tenido un altercado con otra niña de la clase a la que ha vaciado la mochila, repartiendo sus cosas entre los otros niños. La madre se preocupa cuando la tutora le cuenta lo sucedido. Cada dos por tres, la niña hace alguna trastada. Al recogerla, le pregunta sobre lo que ha pasado y su hija le responde que no es verdad, que no ha sido ella, que ha sido otro chico. Su madre apenas la regaña. Cuando llegan a casa, se lo cuenta al padre de Sara y éste, mientras le indica a su hija que esas cosas no se hacen, sonríe y acaba diciéndole que, con el carácter que tiene, ningún niño va a poder con ella.

La madre de Sara siente cierta satisfacción al ver a su hija imponerse de esa manera a los demás, algo que ella nunca pudo hacer. El padre alienta estas actitudes porque no puede ponerle a su hija los límites convenientes para educar sus impulsos. Complacido por el amor que ésta le profesa, le ha dejado hacer siempre lo que quería, sin enseñarla a esperar.

Pero un niño que no tolera frustraciones y se impone a otros por la fuerza no tiene una personalidad sólida; es, por el contrario, más pequeño de lo que corresponde a su edad e intenta afirmarse llamando la atención. Los niños que tienen un carácter fuerte son aquéllos que se imponen, a partir de los cuatro años, defendiendo lo que les es propio, no dañan a sus compañeros de juegos y saben aceptar el “no” de un adulto, cuando es justo, sin hacer demasiados aspavientos.

CÓMO ACTUAR

• Explícale al niño que se puede conseguir lo que se desea sin necesidad de exigirlo. En el momento en que imponga un tono autoritario, conviene decirle que de ese modo no se le va a escuchar.

• Enfréntate a las exigencias caprichosas del pequeño tantas veces como sea necesario y enséñale a soportar la espera. Debe entender que los otros también existen y que tienen sus propios deseos y sus diferencias.

• Tiene que aprender a compartir y a intercambiar. El carácter impositivo se genera cuando no se le ha enseñado a esperar para obtener lo que desea.

• Reflexiona sobre si está tratando de llamar la atención a través de ese comportamiento. En tal caso, siente que ha de hacer mucho ruido para que se le mire. Habría que preguntarle y hablar con él cuando está más tranquilo.

• Cuando logra imponerse en algo que no es justo, recuerda que debes conservar la tranquilidad. Si no estás seguro de poder controlar tus emociones, lo mejor que puedes hacer es marcharte y dejar que el niño se quede con una persona que sí pueda hacerlo.

PARA EVITAR ERRORES

• Hay que considerar al niño como una persona con gustos propios y preguntarle lo que desea en aquello en lo que tiene la posibilidad de elegir.

• Esta actitud hará que ceda con mayor facilidad cuando lo que desea no le conviene. 

• Debemos procurar no herir su sensibilidad, sobre todo delante de otras personas, diciéndole, por ejemplo, que os saca de quicio o pidiéndole que deje de comportarse como si fuera un bebé.

• Es necesario evitar etiquetas del tipo “chico insoportable”. A fuerza de recordarle que es incontrolable acabará por creer que sólo es capaz de actuar así.

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