Los hijos, como el amor, necesitan tiempo y cuidados. Pero ese tiempo ha de ser producto del deseo. Hemos pasado las vacaciones con ellos y hemos podido compartir juegos y charlas. Quizá los hemos escuchado de forma relajada porque estábamos más tranquilos. Pero ya está aquí septiembre, que nos obliga a repartir energías entre muchas responsabilidades. La relación con los hijos puede resentirse por los excesos de esta vida apresurada que, al tiempo de impedir que los atendamos como es debido, nos provoca la culpa de no hacerlo.
En tal situación, es más importante la calidad del tiempo que les dedicamos que su cantidad. ¿En qué consiste la calidad? En que la comunicación que establezcamos sea cálida, en que dispongamos de la paz necesaria para entender sus inquietudes, en que seamos capaces de escuchar lo que dicen y lo que no. Se trata de que aprendan sin aprender porque les enseñamos sin enseñar. Ello sólo será posible si lo hacemos porque lo deseamos. Pocas tareas hay tan creativas como la educación de los hijos. Ahora bien, si mientras estamos con ellos nuestra cabeza está en otro sitio, el tiempo en común no es bueno.
Los padres dependemos de la historia emocional que hemos vivido para transmitir a los hijos lo que sentimos. Con frecuencia, vemos a mamás llevando a sus hijos de un lado a otro. Algunas actúan como peonzas, intentando dar muchas cosas. No es raro que oculten conflictos que colapsan el acercamiento emocional al hijo por exigencias desmedidas e inseguridades afectivas. Según el psicoanalista John Bowlby, si un lactante goza de la compañía y del amor de su madre, y después del padre, crecerá sin ansia para que le quieran y sin una propensión al rencor. Si no posee amor y compañía, es probable que busque el amor con tal ansiedad que desarrollará aversión hacia quienes cree que no se lo dan. Un padre que no puede comunicarse afectivamente con su hijo, no le proporciona calidez y firmeza para que se sienta querido.
Lejos afectivamente
“Creo que mi padre no me quiere”, pensaba Carlos mientras su familia charlaba sobre política. Su padre le acababa de decir que no opinara sobre lo que no sabía. Carlos tiene 13 años y este verano se ha sentido más cerca de su padre, porque han pasado algunos ratos conversando. Ha hecho de todo para que su padre le preste atención, pero no ha tenido éxito. Siempre ha envidiado a esos niños que hacen deporte con sus padres el fin de semana. Su padre dice que el fin de semana es para estar con la familia en casa, pero con sus cosas, no con él.
El padre de Carlos pasa tiempo en casa y está cerca de su hijo, pero sólo físicamente, afectivamente no puede acercarse a él. Cuando el niño nació, comenzó a desarrollar un resentimiento inconsciente contra él, por el monopolio que creía que ejercía sobre su mujer. Protestaba siempre por las atenciones de ella, diciendo que le mimaba mucho. Su actitud estaba motivada por los celos que sintió cuando nacieron sus hermanos. Él es el mayor de cinco y nunca elaboró sus celos infantiles, además de estar identificado con su padre, del que no se sintió cerca. Con los hijos se reviven conflictos infantiles, lo que no quiere decir que estemos determinados por ellos. La historia emocional se puede cambiar si se elabora lo sucedido en el pasado.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
Dejar de culparnos por creer que estamos poco tiempo con ellos y pensar en cómo nos sentimos cuando lo hacemos. La responsabilidad hacia ellos tiene que ver con hacernos cargo de nuestra historia emocional.
Revisar la relación que tuvimos con nuestros padres y reflexionar sobre si lo que hacemos está conectado con el pasado.
Hablar con cada uno de los hijos es importante porque alimenta la buena comunicación, sobre todo en la adolescencia.
Acompañarles en las tareas no puede ser un conflicto ni hacerse con desgana. Ellos lo notan.
Si son pequeños, hay que jugar con ellos. El juego es su lenguaje.
Compartir por lo menos una comida al día con ellos.
Establecer reglas para que se respeten.
EVITAR ERRORES
Si los hijos no quieren hablar es porque no se sienten escuchados o porque necesitan espacio.
Hay que abandonar la creencia de que pasar mucho tiempo con ellos es bueno en sí mismo. No lo es si la calidad de ese tiempo resulta deficiente. Cuando los hijos cansan o aburren, es bueno reconocerlo.
Cuando protestan, es posible que quieran mantenernos cerca, aunque sea regañándolos. Enfrentarse a ellos puede mostrarles que nos interesan. La indiferencia es lo que más les duele.