Victoria Queipo
Hace pocos días una madre se quejaba de la presión que ejercen determinados artículos psicológicos sobre la tarea educativa de los padres. En concreto, hablaba de su temor ante la posibilidad de transmitirle a sus hijos, sin saberlo, conflictos propios. Ciertamente, examinar cada paso que se da, si se trata de un cuestionamiento constante, es una situación que resta espontaneidad a la educación, implica mucha exigencia e impide disfrutar plenamente de la paternidad.
Cada padre cría a sus hijos con la experiencia de su propia historia. Además, buena parte de lo que les transmitimos, lo hacemos de modo inconsciente. Nuestros gustos, temores o convicciones se manifiestan en las palabras que utilizamos en los gestos que empleamos, sin que necesariamente seamos conscientes de ellos. Pero esto no podría ser de otra manera, precisamente porque no somos máquinas sino seres humanos, con una vida afectiva que comenzó a desarrollarse en los primeros meses de nuestra existencia. A la vez, somos personas potencialmente capaces de transformar, mirando al futuro, aquello que nos hace sufrir, o deteriora el entorno que nos rodea.
Capacidad en entredicho
La posibilidad de reflexionar sobre nuestros actos, en este caso en relación a la educación de los hijos, lejos de ser angustiante puede ser liberador ya que existe la posibilidad de evitar dificultades mayores en su vida. Se trata de confiar en nuestra capacidad como padre o madre, es decir, no como quien ya debe saber cómo actuar, sino como quien puede preguntarse qué está pasando cuando surge algún conflicto. Un ejemplo ilustrativo de esta situación es cuando la desconfianza se instala en la relación con el hijo. Ésta se manifiesta de varias maneras: se duda de la capacidad del niño de hacer bien las pequeñas cosas cotidianas, de la influencia de sus amigos, de que pueda quedarse solo en casa (cuando ya puede hacerlo), de su aptitud para el estudio o para entender su entorno, de su honestidad, de que diga la verdad, o se le adjudican intenciones a sus actos que en la mayoría de los casos no tuvo. Sin saberlo, los padres preparan, a corto plazo, a un adolescente y, en un futuro, a un adulto, inseguro.
Las claves para el desarrollo
- El principio de la inseguridad. La confianza en las posibilidades de un hijo es uno de los pilares en los que se asienta su desarrollo como persona. Cuando ésta no existe los padres deben preguntarse cuál es el origen de esa inseguridad.
- Aprender de las contradicciones. La psicoanalista Françoise Dolto, dice: ’Educar a un niño es difícil cuando el adulto no confía en el ser humano que se desarrolla; cuando quiere imponerle una forma de vida rígida. En tanto, si tiene fe en él, así como en lo que en su propio deseo le concierne, el adulto dará el ejemplo de alguien que asume en plenitud sus necesidades y contradicciones’.
- El papel de la familia. Los niños y los adolescentes necesitan el apoyo y la comprensión de sus adultos más significativos, pero la confianza en sus capacidades nacerá y crecerá en el marco de los intercambios cotidianos, del día a día.