Victoria Queipo
Todos los padres saben, por propia experiencia, que en muchos momentos de la crianza de sus hijos se pierden los nervios.
Evidentemente, hay infinidad de situaciones conflictivas que los desbordan: un bebé que llora mucho, las dificultades del hijo al hacer la tarea escolar o el problema del adolescente que no respeta el límite de horario en las salidas. Son momentos muy diferentes, pero tienen en común poner a prueba la paciencia de los progenitores.
¿Qué es lo que nos produce el enfado? ¿Por qué la conducta habitual en un hijo lleva a los padres a perder el control? Es importante preguntarnos si existe algún otro motivo por el que nos pueden molestar tanto algunas actitudes de nuestros hijos.
A veces, son preocupaciones ajenas a ellos, como el trabajo o los problemas económicos que nos interfieren dejando poco espacio mental para situarnos con tranquilidad frente a las circunstancias complejas que se nos plantean con nuestros hijos.
Nuestro reflejo
Las actitudes que nos perturban pueden tener relación con conflictos propios, que se avivan ante las conductas de nuestros hijos, incomodándonos. Por ejemplo, si no fuimos buenos estudiantes, nos preocupa que a ellos les ocurra lo mismo. Si no hicimos una buena elección de pareja, pensamos que puede pasarle algo similar a nuestra hija adolescente. Si nuestros padres nos calificaban de egoístas, vemos esa característica en nuestro hijo a cada momento. Si no fuimos ese hijo perfecto que esperaban de nosotros, sólo vemos fallos en nuestro pequeño.
Pautas para saber
- Diferentes etapas. Es conveniente tener en cuenta y comprender el momento de la vida que atraviesa el niño. No significará lo mismo la desobediencia a los dos años, que la rebeldía en plena adolescencia.
- Falta de autoridad. Algunos padres no pueden reaccionar ante determinadas conductas de los hijos que reclaman su intervención. En general, son padres muy identificados con sus hijos, que tienen dificultades para ocupar un lugar de autoridad. Confunden el ejercicio saludable de la autoridad con el autoritarismo y no se animan a poner orden ni en definitiva a educar.
- Roles definidos. Lo importante es no perder la capacidad de ser adultos con los hijos, es decir, de ocupar el lugar generacional que nos corresponde. No es aconsejable que el niño se sitúe como el rey de la casa y que sienta que sus padres dependen de él. Al mismo tiempo que se convierte en un déspota, es un niño que no puede ser niño, ni reconocer que necesita a sus padres.
- Diálogo expresivo. Los padres que se sitúan en una posición infantil no pueden ser ejemplo para un niño ni ganarse su respeto. Si pierden con facilidad los nervios, tampoco serán un buen modelo. El niño aprende de los adultos la forma de reaccionar frente a las situaciones difíciles. Si expresamos con palabras nuestro estado de ánimo, le será más fácil entender lo que ocurre que si perdemos continuamente el control en su presencia. Estas escenas les asustan, les desorientan y les llenan de rabia. Se trata de aceptar que alguna vez se pueden perder los nervios y, en ocasiones, es hasta mejor que la falta de reacción. Siempre es posible pedir disculpas, si fuera necesario.