"En mi casa somos cuatro, mis padres, mi hermana de 15 años y yo, que soy la mayor, con 25. Desde que tengo uso de razón, que yo recuerde, mis padres nos han enseñado los mismos valores a las dos: normas de educación, solidaridad, amor al prójimo… Sin embargo, la adolescencia de mi hermana está siendo muy difícil para ella y devastadora para los demás.
Mis padres, mártires en vida, llevan años de psicólogo en psicólogo, luchando con los servicios sociales, con psiquiatras y hasta en juicios, pero no hay manera. La rebeldía, el racismo, la violencia y las ideas extremas le han sido impuestas por una sociedad y unas compañías a las que es más divertido escuchar que a la propia familia. Mi hermana siempre ha tenido un carácter fuerte, pero es muy permeable a las influencias.
Todo comenzó cuando tenía 13 años y se unió a un grupo de neonazis. Llenó su habitación de esvásticas, de fotos de Hitler y nos abrumaba con la música de bandas ilegales, que sonaba a todo volumen. La diversión del fin de semana era meterse en peleas y mis padres han tenido que acompañarla a juicios por denuncias de comportamiento violento. Siempre había obtenido buenas notas pero empezó a suspender todo. Nuestra casa se llenó de gritos, de insultos –“Os odio a todos, me avergüenzo de los padres que me han tocado”, decía–, de maltrato psicológico a mis padres y de chantaje emocional.
La Comunidad nos brinda el apoyo de un psicólogo, pero después de unos meses ya no quiso volver. ¿Y cómo obligas a una chica que nos saca media cabeza a acudir a las sesiones? ¿Cómo se le obliga a que regrese a casa a una hora prudente? Los psicólogos nos dicen que debemos transigir, que atraviesa una etapa de rebeldía, que se siente incomprendida…
Si se le obliga a cumplir con alguna tarea, te amenaza con denunciarte. Los adolescentes tienen derecho a todo y nosotros, ninguna ayuda para hallar una solución. Cuando hablo con los trabajadores sociales me dicen que, hasta que no se produzca un delito de sangre, la Administración no interviene. Lo peor es que a mi hermana tampoco se la ve feliz, sufre depresión y a mi madre la está matando poco a poco. Nos sentimos impotentes, solos y con la vida y la autoestima mermadas. Y, para colmo, culpables”.