Isabel Menéndez
Hay niños excesivamente inquietos, que no paran, y cuya actividad desborda la paciencia de los padres. Con demasiada rapidez, en ocasiones se les etiqueta de “hiperactivos”. El grado de actividad de un niño hay que valorarlo en su contexto, teniendo en cuenta sus características personales, el ambiente que le rodea y la capacidad de los padres para entender lo que ocurre. Por supuesto, la edad es un dato importante, pues lo que es normal en un niño de tres años no lo sería en uno de ocho.
Hay madres, como la de Raúl, que entienden la actividad de su hijo de forma muy adecuada. Raúl tiene tres años, corre de un sitio a otro, saca todos los juguetes de los cajones y los esparce por el suelo. Después corre al salón y comienza a tirarse desde el respaldo del sofá, mientras su amigo Luis le mira. Carmen observa a su hijo Raúl con paciencia y le dice que no salte en el sofá, que ahora va a recoger con ella los juguetes que ha dejado en el suelo y luego se irán al parque a jugar.
Su hijo baja el ritmo unos minutos, seducido por la idea de ir al parque. Carmen busca actividades que permitan a Raúl sacar toda la energía que lleva dentro. Ahora está pensando en apuntarle a algún deporte para canalizar su vitalidad, que es mucha. Ciertamente hay niños más movidos que otros, pero depende en gran medida de la tolerancia de los adultos que les rodean que resulten más o menos agotadores. ¿Qué han de tener en cuenta los padres?, ¿Se mueve tanto el niño?, ¿Por qué lo hace?
El movimiento y la actividad son síntomas de vitalidad y un buen modo de liberar tensiones cuando son muy pequeños y carecen de recursos psicológicos para entender o dominar su cuerpo. Estar en movimiento significa actuar, pero también relacionarse con el mundo a través del cuerpo. Es, por tanto, una actitud vital y normal. ¿Hasta que edad? ¿Cuándo hay que empezar a pensar que la excesiva actividad de un niño es un síntoma de dificultades que le hacen sufrir? A partir de los cinco años, si está agitado en cualquier sitio y sea cual sea la situación, hay que investigar qué le ocurre para ayudarle, porque comienza a pasarlo mal.
UNA VÁLVULA DE ESCAPE
El niño hiperactivo se desarrolla, por lo general, en medios familiares y escolares que hacen recaer sobre él exigencias desproporcionadas en relación a sus capacidades. En clase se le obliga a estar atento varias horas, sin moverse. Pero si tiene una tensión excesiva, se defiende de ella con movimientos incesantes. Si a la presión del colegio se añade la de la familia, se vuelve revoltoso y usa su cuerpo como una válvula de escape. Normalmente, en situaciones de angustia e inseguridad el niño reacciona con un exceso de agitación corporal. Hay que preguntarle qué le pasa e intentar comprender qué le ocurre observándolo y acompañándolo. Poner palabras a lo que siente y tranquilizarle es la mejor forma de calmarle. La agitación es tanto una defensa contra la angustia como una llamada de atención para que le liberen de ella. L
a angustia del niño proviene de conflictos internos que no encuentran una vía de expresión y que se relacionan con el temor a ser castigado por haber sido malo, con el miedo a no ser querido, por celos de los hermano... Los sentimientos agresivos son los que más le complican la vida y los que no sabe cómo expresar. Según la psicoanalista Françoise Dolto, estos niños suelen señalar con su actividad una patología depresiva de sus progenitores: se mueven mucho porque sus padres no se mueven nada; compensan con su actividad la tendencia de sus padres, obligándoles a que les presten atención y no caigan en la depresión que les acecha.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
AYUDARLE A CANALIZAR sus excesos de actividad en un lugar donde no resulte molesto a quienes le rodean. Es conveniente que haga ejercicio de forma regular.
DEBEMOS PREGUNTARNOS si tenemos intolerancia a su actividad o nos pone ansiosos que se mueva. De ser así, conviene reflexionar sobre cómo fue nuestra infancia y la forma en que fuimos educados.
OBSERVAR CON QUÉ PERSONAS se encuentra más a gusto. Puede que el niño se permita falsas maniobras y sea más torpe o más revoltoso en función de con quién esté en cada momento. Esta actitud depende de la relación que haya entre ambos.
CUANDO LA TORPEZA ES SIGNO de que existe una mala coordinación física, los especialistas hablan de un trastorno en la adquisición del esquema corporal y de la orientación espacio-tiempo. Si persiste, es mejor hablar con el pediatra, que podrá orientar hacia un especialista en psicomotricidad. En caso necesario, ese tratamiento puede ir acompañado de una psicoterapia.
A PARTIR DE LOS CUATRO AÑOS, para saber cómo tiene el niño la organización de su esquema corporal, se le puede pedir que haga un sencillo ejercicio que consiste en saltar de un lado a otro de la alfombra. A esta edad debería saber calcular la distancia y la energía que debe desplegar para conseguirlo. Si no ocurre así, es porque todavía no controla nociones tan variadas como la evaluación de su peso, la fuerza de sus músculos, el impulso que debe coger y los límites del obstáculo que debe superar. Si es así, el niño necesita un poco más de tiempo para conseguirlo.