Victoria Queipo
Es penoso para los padres afrontar los llantos de sus hijos pequeños al dejarles en el colegio. Normalmente, los profesores cuentan que, al poco tiempo de su partida, los niños conectan con las actividades y les cambia el rostro lloroso del momento anterior. En general, al cabo de unos días, el dolor de la separación se va superando y es reemplazado por la alegría de ir al colegio.
Pero no siempre sucede así, a veces la escena se repite pasadas varias semanas del inicio del curso y el niño acaba por no querer ir. Entonces hay que preguntarse qué está pasando.
Los propios padres pueden propiciar, sin saberlo, el conflicto de la adaptación del niño al ritmo escolar. Bien porque a ellos mismos les cueste despegarse del hijo, o porque al separarse se sienten culpables de esas horas que ’les sirven’ para librarse de ellos.
Palabras tranquilizadoras
Otros padres recurren a ciertos engaños, como decirle al niño en la puerta del colegio: ’Ahora vuelvo’, tratando de evitarle así el sufrimiento de la separación. Esto no hace más que estropear las cosas, la desconfianza se instala allí donde debería haber palabras que lo tranquilizen. Sería mejor decirle: ’Dentro de unas horas vendremos a recogerte’.
Los niños perciben tempranamente los estados emocionales de los adultos; si éstos se angustian ante las separaciones, a sus hijos les costará aún más separarse de ellos. Hace falta explicarles, con pocas palabras, dónde vamos al dejarlos en el colegio, qué haremos y que pronto volveremos a buscarles.
La separación
Adaptación paulatina. Evidentemente, no es lo mismo si se trata de un bebé que tiene que ir a la guardería porque es la única solución para los padres, que de un niño que se incorpora a la educación prescolar. La adaptación será distinta si se produce antes de los tres meses, cuando la relación con la madre es muy intensa y conviene dejarlo pocas horas, que si ocurre entre los cuatro y seis meses, donde todavía no ha aparecido la angustia de separación. En esta etapa, que transcurre entre los ocho y los diez meses, la profesora debe cumplir una función de contención, porque los pequeños se asustan ante lo desconocido y les cuesta separarse de la madre.
Dulce despertar. Si hablamos de un niño que se incorpora al colegio alrededor de los dos años, su adaptación también se verá determinada por la etapa evolutiva que atraviesa: enormes deseos de autonomía que le hacen llevar ’la contraria’ y, por ejemplo, no querer ir al colegio. Debemos ser cuidadosos a la hora de levantarle. Si conseguimos con ingenio y paciencia no crear momentos de prisa y mal humor, tolerará mejor la separación que le aguarda cuando entre a la escuela.