Ser Madre

El terror del colegio

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El niño demasiado peleón o conflictivo resulta incómodo para los que le rodean. Convertido con frecuencia en el terror del colegio, los profesores se quejan constantemente de su actitud. Los padres de los otros pequeños también protestan y, a regañadientes, le invitan a los cumpleaños o a su casa porque, donde está él, siempre se teme que estalle alguna trifulca.

Elsa acaba de hablar con la tutora de su hijo Sergio, de siete años, que siempre está metido en todas las peleas. Varios padres ya han protestado porque se ha enfrentado con sus hijos. El otro día engañó a un profesor durante el recreo, diciéndole que iba a buscar su abrigo a la clase porque tenía frío, cuando lo que hizo fue coger la mochila de otro niño, vaciar su contenido –cuadernos, libros y el resto del material escolar– y destrozarlo. Después, cuando los profesores le preguntaron por lo ocurrido, él lo negó. A su madre le dijo que el profesor le tenía manía y por eso lo acusaba de algo que no había hecho. Elsa, preocupada por la situación, le contó a su marido lo sucedido. La intervención paterna consistió en reprocharle que siempre estuviera creando problemas. Sergio tiene un hermano mayor que, como el niño al que él agredió en el colegio, es muy disciplinado y va muy bien en los estudios. El padre de Sergio, que no quería tener otro hijo, siempre le hizo poco caso. Aliado con su primogénito, ha dejado al pequeño en manos de su madre y no le dedica ni el tiempo ni las palabras necesarias para que se sienta valorado. Los celos que tiene Sergio hacia su hermano son inmensos y la necesidad de que su padre le preste atención es aún mayor. ¿Por qué se mete Sergio en todas las peleas que hay en el colegio? Inconscientemente, intenta llamar la atención de sus mayores, sobre todo la de su padre. Si no le hace caso por las buenas, será por las malas.

Las características

El niño peleón puede llegar a reconocer que es un poco nervioso, pero nunca tanto como los demás dicen. Él siente que los otros le provocan porque lo tratan con desprecio o lo apartan de sus juegos. En el caso de Sergio, siente que el profesor le ningunea en relación al niño estudioso de la clase. Sergio se venga de él con sus constantes travesuras, obteniendo la atención de los adultos que le rodean.

El aire triunfante y provocador de estos niños está lejos de ser el reflejo de su estado psicológico real. Si hacen sufrir a los demás es porque ellos han sufrido antes. Cada golpe, cada insulto, cada disputa, es una reacción a las humillaciones o frustraciones que él mismo sufrió.

Como no saben controlar las emociones negativas que les invaden, responden con una acción agresiva. Esperan llamar la atención de su padre, que representa la ley, obligándole a intervenir para que le ponga límites.

Falta de tiempo

Por lo general, los niños inquietos descargan en sus actos tensiones que provienen del ámbito familiar, aunque también puede deberse a que en el escolar sucedan cosas que él viva como una humillación. En tales casos, puede responder agresivamente contra el material del colegio. Los niños que actúan así no son capaces de controlar sus emociones, pues con frecuencia ni siquiera saben identificarlas. Les cuesta diferenciar entre la violencia que les hace sufrir y la injusticia que están cometiendo. Sólo saben que, cuando buscan confrontación, las tensiones se les desatan al instante. Su entorno familiar no les permite, por lo general, expresar sus conflictos.
 
Los padres violentos les estarían enseñando con su ejemplo, pero con unos progenitores tranquilos también puede darse esta actitud. Si exteriorizan muy poco sus propias emociones, estos padres tampoco prestarán atención a las de su hijo ni les proveerán de las palabras oportunas para enseñarles a dominar sus impulsos. Otras veces, puede deberse a que los padres no pueden escucharles por falta de tiempo. Y es que el amor, como la educación, necesita tiempo para poder poner palabras a lo afectos. A falta de un interlocutor capaz de ayudarle a dar coherencia a sus sentimientos, el niño recurre a la agresividad contra sus congéneres o contra sí mismo.

Es importante reconocer que un niño nervioso, que aún no conoce su fuerza, puede ser catalogado de niño terrible. Si todo trascurre con normalidad en la familia (duerme come bien y trabaja bien), es posible que sea su entorno el que falle por falta de paciencia o tolerancia.

QUÉ PODEMOS HACER 

• Hay que comprender que el niño también lo pasa mal. Ahora bien, intentar entenderlo no es una razón para aceptar que siga haciendo lo que molesta a los demás. Se deben marcar límites y hacerlos respetar. 

• Hay que escuchar su versión de los hechos y recordarle la de los otros a los que ha molestado. 

• Se le pueden hacer varias preguntas para que reflexione: ¿qué ocurriría si se encuentra con alguien más fuerte que él?, ¿considera normal portarse así? 

• Una vez establecidos los límites de lo que no puede hacer, hay que sugerirle estrategias para controlar sus impulsos. En lugar de agredir cuando no le dejan jugar, que pida las razones. Es una forma de hacerle más sociable y que el acto sea sustituido por la palabra. 

• El objetivo es que se haga querer más por la seducción que por la fuerza. 

• La práctica de un deporte le permitirá encauzar las pulsiones agresivas dentro de un programa estructurado. 

• En caso necesario, es imporate buscar ayuda y llevarle a un psicólogo.

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