I. Menéndez

Autor: EL CORREO
Es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de15 a 25 años, por lo que la sociedad no puede seguir de brazos cruzados. Es el momento de escuchar a nuestros jóvenes.
Las ideas de muerte son algo común en la adolescencia. No sólo las de la propia muerte sino también la de los padres y los seres queridos. Durante la adolescencia se produce la muerte del niño y el nacimiento del adulto, y los jóvenes tienen que elaborar las pulsiones que sienten en relación a sus padres y hacía sí mismos. Los impulsos agresivos son los más difíciles de resolver y algunos adolescentes no pueden elaborarlos simbólicamente. El intento de suicidio es una actuación autoagresiva que resulta del fracaso de la elaboración de la estructura psíquica, que se tiene que desprender de los padres de la infancia organizar una subjetividad adulta.
Tensión psíquica. La juventud actual tiene más dificultades para encontrar su lugar en la sociedad que las generaciones anteriores y la sociedad tiene problemas para hacer frente a ese malestar. El psiquiatra Rogert Gould, profesor en el New York Medical College (EE.UU.) dice que el adolescente no tiene ni la impresión de ser necesario a la sociedad ni la de ser verdaderamente deseado. Los padres tienen poco tiempo para ejercer su oficio y esto debilita a los adolescentes que, por otra parte, se sienten presionados para obtener buenos resultados de cara a su familia, mientras compiten con sus compañeros por iniciarse pronto en el sexo, algo que les crea otro tipo de estrés. En estas condiciones, la vida se torna a veces intolerable y el intento de suicidio se puede contemplar como una salida para resolver la tensión psíquica que padecen.
Un intento de resolver el sufrimiento que sienten con la idea de suicidio se ve claramente en las cartas que estas tres adolescentes escribieron al consultorio psicológico de la revista y a las que me refiero con nombres supuestos. María reflejaba su angustia en su carta: “Tengo 16 años y necesito ayuda, desde hace dos años siento que sobro en todas partes, que nadie me aguanta, ni mi familia ni mis amigos. Hace un año murió mi abuela y me derrumbé. No me apetece salir de casa. A veces pienso que la única forma de terminar con esto es suicidándome”.
Por su parte, Nuria, que intentaba escapar de su soledad, aseguraba: “Cada día pienso que mi vida no tiene sentido, pienso en el suicidio, pero no soy capaz. No tengo amigas. Me siento terriblemente sola. Me cuesta transmitir mis sentimientos. Pienso que sería mejor que no existiera, pero me da miedo suicidarme”.
Para Ana, el suicidio era una solución: “Tengo 13 años. Cuando tenía 11, mis padres se divorciaron y eso me ha marcado. Creo que no puedo confiar en nadie, salvo en mis amigos. Estoy deprimida, triste, agotada de vivir. La verdad es que el suicidio lo veo como una solución, pero no quiero hacer daño a la gente que aún me quiere”, afirmaba. En estos casos queda claro que buscan una salida a lo que les ocurre, poner palabras les ayuda a reflexionar sobre la tensión interna que sienten. Hablar de ello ya es una forma de intentar controlar la angustia. Al contar lo que les ocurre no actúan, que es lo que hay que evitar.
Dos tipos de agresión. El intento de suicidio es una actuación para calmar la angustia y, según los expertos, hay que reconocer dos tipos claramente diferenciales, en función del grado de peligrosidad. El suicidio llamado “maligno” se caracteriza por ser un acto impulsivo demucha peligrosidad. Sin embargo, el “benigno” se presenta como un acto compulsivo, una reacción ante situaciones de cambio o pérdida en un contexto emocional depresivo. Tiene significaciones muy variadas que dependen de la personalidad y la historia emocional en la que ha vivido.
Según Sigmund Freud, “en el acto suicida se concreta la muerte de la propia identidad;es un autocastigo y un acto de venganza simultáneamente”. Para la psicoanalista Silvia Tubert, en este tipo de suicidios hay dos niveles muy diferenciados. Uno de ellos representa la ruptura del vínculo con la realidad externa y la vuelta hacia su mundo interior.
Mientras, el otro aparece como el último recurso para establecer nuevos vínculos con la realidad: se ve como un escape, una salida. Aquí, el intento se realiza con instrumentos menos peligrosos y con características ambivalentes, por ejemplo con medicamentos, que en ciertas dosis curan y en otras matan. Esto señala el valor del mensaje de muerte como búsqueda de un renacer diferente.
Renuncia a la identidad. Al estudiar los problemas familiares encontramos que el entorno de estos adolescentes es incapaz de tolerar la agresión, porque no puede elaborarla psicológicamente. Estas familias se caracterizan por la indiscriminación entre sus miembros. Esto se relaciona con una falta en el ejercicio de la función paterna, que consiste, esquemáticamente, en que los padres no pueden ayudar a construir una subjetividad que acepte los límites. En este tipo de familias, la agresión se maneja eligiendo una víctima propiciatoria que asume la función de expresarla, volviéndola contra si misma, lo que impide la desintegración del grupo, al precio de la renuncia a la propia identidad.
¿Qué podemos hacer?
Siempre hay que tomar las ideas que manifiestan los jóvenes sobre el suicidio muy en serio y darles importancia. Tienen que evaluarse cuidadosamente para determinar el nivel de riesgo real y tomar las medidas necesarias.
A los adolescentes, contar lo que les pasa les aporta alivio y si, además, se sienten comprendidos por su interlocutor dejan de percibirse como entes que están absolutamente solos en el mundo y culpables por tener esos pensamientos.
Es importante tener en cuenta que hablar sobre los miedos y sentimientos de muerte nos permite pensar en nosotros mismos como los seres fi nitos que somos, para incluso poder disfrutar más de esta vida.
A pesar del alto número de intentos, casi nunca se invierte en prevención. Unas entrevistas psicológicas pueden, en muchas ocasiones, desbloquear a un adolescente que intenta cortar con la presión interna que siente.
El teléfono de ayuda a niños y adolescentes en riesgo de la Fundación Anar (900 20 20 10) es un instrumento que puede paliar en cierta medida la angustia adolescente.