Ser Madre

¿Por qué les vestimos de rosa o azul?

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Siempre nos han dicho que los niños nacen programados para ser duros y físicos, y las niñas ca riñosas y emotivas. Una neurocientífica se atreve a pensar de otra manera.

Es el cumpleaños de una niña de cinco años. Le regalan un patinete rosa de Hello Kitty. Sólo hay niñas en la fiesta y comen una tarta helada rosa y blanca en platos de princesas. Hacen collares de flores y juegan a ponerse coronas. Si los padres de la criatura hubieran leído Pink brain, blue brain (cerebro rosa, cerebro azul) de Lise Eliot, se arrepentirían de esa fiesta. La autora habla de cómo la mayoría de los padres, casi sin pensarlo, diferencian a sus hijos según el sexo, inundando a las niñas de Barbies y ballet, y a los niños de excavadoras y fútbol, un adoctrinamiento de 24 horas en el mundo de los chicos valientes y descarados, y las niñas monas y relimpias, mucho antes de que empiecen la educación primaria. Algo innecesario, dice Eliot, y de lo más conveniente.

¿Mala educación? Para esta autora, no es que los padres estén dañando a sus hijos, pero la cultura es harina de otro costal: Estamos dejando que los profesionales del marketing decidan por nosotros. Si en la tienda hubiera habido un patinete igual de atractivo (de género neutro), tal vez los padres de esa niña se lo habrían comprado. O tal vez no. Tal vez la pequeña se había cansado de jugar con los trenes de su hermano y estaba atravesando una fase especialmente rosa. Buena parte del crecimiento consiste en rechazar la última etapa -confirma Eliot-. Será fantástico si consigue quitársela de encima cuando tenga cinco años y no obsesionarse con su feminidad cuando llegue a los 15. Simplemente, creo que no debemos asumir que es todo voluntad. El marketing es el que nos crea esas opciones.

Eliot es profesora asociada de Neurociencias en la Facultad de Medicina de Chicago (EE.UU.) y habla desde la experiencia como científica y como madre. A los 48, con una hija y dos hijos, dice que desearía haber sabido más sobre la plasticidad de los jóvenes cerebros cuando tuvo a su primer bebé, hace 15 años. Asumimos que cuando nacen están programados para ser niños o niñas. La gente cree que si los cerebros de ambos son distintos es porque han nacido así. No entienden que el cerebro es un reflejo de la vida. Es tan plástico que creo que podemos hacer más para realzar los puntos fuertes no tradicionales en niños y niñas. No nacemos programados para nada en concreto: ni para el lenguaje ni las matemáticas, ni las relaciones interpersonales, ni la lectura... Nada. Casi todo lo que hacemos con nuestro cerebro se adquiere con la experiencia.

Pero no es tan sencillo como cambiar los camiones por muñecas. Muchos padres lo han intentado con poco éxito, escribe en el libro. Las niñas convertían los camiones en familias y los niños jugaban a lanzar las muñecas, y ambos sexos sospechaban que estaba pasando algo raro. Tiene más que ver con cómo tratamos a nuestros hijos desde sus primeros días. Las diferencias de sexo, asegura, surgen por la manera en que educamos a los bebés y los niños. Somos nosotros, como cultura, quienes exageramos unas diferencias pequeñas hasta convertirlas en grandes. Si creemos que los niños y las niñas son fundamentalmente diferentes, eso sólo alterará nuestra forma de actuar y las expectativas que tenemos. Por supuesto, los genes y las hormonas cumplen un papel en la creación de las diferencias niño/niña, pero sólo al principio. Los factores sociales están demostrando ser mucho más poderosos de lo que nos dábamos cuenta anteriormente, explica.

Nadie se escapa. Eliot afirma que hasta los padres más progresistas tratan subconscientemente a sus hijos e hijas de forma distinta. En su libro, describe un experimento en el que se vistió con ropa neutra a unos recién nacidos. La gente se queda desconcertada si no sabe si un bebé es niño o niña y les cuesta interactuar con él, lo cual es muy elocuente de por sí. Cuando se inducía a los adultos a creer que sabían el sexo de un bebé, llamando Jonathan a una niña o vistiendo de rosa a un niño, interpretaban conductas idénticas a través de una lente tintada de género. Los adultos describían a los niños (en realidad eran niñas) enfadados o molestos más a menudo que quienes conocían su verdadero sexo. Y describían a las niñas (niños en realidad) alegres y participativas con más frecuencia que quienes sabían que los bebés eran niños.

En otro experimento, se pidió a las madres que valoraran la capacidad de sus bebés de 11 meses para recorrer una pendiente alfombrada, variando el ángulo de la pendiente según lo que pensaban que sus hijos serían capaces de hacer. Las madres de los niños pronosticaron casi con exactitud las capacidades de sus hijos, mientras que las de las niñas subestimaron seriamente a sus hijas. ¿Son las madres las culpables de limitar las habilidades atléticas de las niñas?, se pregunta Eliot.

Reparto en casa. La investigadora cuenta que su marido, científico también, es más expresivo emocionalmente que muchos hombres, pero en casa adoptan unos papeles bastante típicos. Los niños, la casa, el trabajo recaen de lleno sobre los hombros de ella. Creo que la vida de la mujer ha mejorado enormemente pero podría ser mejor aún. La mayor parte del tiempo estoy tan estresada que me dan ganas de ponerme una pistola en la cabeza añade con franqueza, y no creo que mi marido lo sufra tanto.

Lise pasó su infancia rodeada de un ambiente peculiar. Tenía tres hermanos mayores y pasaba casi todo el tiempo intentando que la incluyeran en sus juegos. No sé si es sólo por cómo soy o por el hecho de haber tenido hermanos, pero nunca me han atraído las cosas de chicas. Me gustaba jugar con los coches de mis hermanos. Creo que eso alimentó mi interés por cómo funcionan las cosas. Es lo que me gustaba de la biología: entender cómo funciona el cuerpo.Sin embargo, cree que nació antes de que a las niñas se las animara de manera rutinaria a hacer deporte.

De haber nacido 10 años después, creo que habría sido deportista. Siempre me gustó el deporte. Desde su infancia, el péndulo ha retrocedido en la dirección contraria... en perjuicio de los niños. Las niñas ahora juegan a más deportes y se las toma más en serio como alumnas de matemáticas y ciencias asegura Eliot.

Ellas pueden ser lo que quieran: deportistas, artistas, animadoras. A los niños no se les dan las mismas oportunidades y eso ha llevado a lo que llaman una crisis de los niños en la educación, no tanto por la cultura paterna, sino por la infantil y colegial. buscando pruebas. Eliot casi nunca interviene si oye cómo otros padres tratan a sus hijos de forma estereotipada aunque, en ocasiones, no puede morderse la lengua. El otro día fui a ver un partido de fútbol de mi hijo. Es una liga de niños, pero había una chica y una de las madres gritaba cada vez que ella le robaba el balón a su hijo: Que no te pueda una niña, decía, delante de su hija pequeña. Al final, le tuve que decir: ¡Venga ya! ¿Qué tiene que ver que sea una chica?.

Al escribir su libro, esta científica quería explicar algo que parecía sencillo a los padres curiosos: Todos sabíamos que niños y niñas son diferentes. Pero se trataba de explicar el porqué. Y no había pruebas. Para lanzar una afirmación como, por ejemplo, que las niñas son más sociables que los niños, en la que yo creía, tenía que remitirme a los estudios y, sí, había algunos que lo demostraban, pero muchos más que no. Me di cuenta de que no puedo decir que los niños y las niñas son diferentes. Así que volví al principio y rescribí los primeros capítulos.

Como resultado, tiene un libro que ya está sembrando la polémica en EE.UU. Aunque, aclara, no está tratando de culpabilizar a los padres, sino que desea que sean más conscientes de la maleabilidad de los cerebros de sus hijos y su enorme potencial. No quiero que me acusen de decir que todo es el entorno y los padres, sino enderezar el barco. Como madre de una hija y dos hijos, opino que debemos encontrar un equilibrio mejor, dice. ¿Pero no deberíamos celebrar también las diferencias entre niños y niñas? ¿Realmente queremos un mar homogéneo de niños femeninos y niñas masculinas? Opino que debemos celebrar la diversidad y entender que ambos son diferentes en ciertos sentidos, pero no es algo categórico. El peligro de celebrar las diferencias es el encasillamiento. En último término, nos estamos limitando a nosotros y a nuestros hijos, afirma.


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