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Días sin clase

  • Días sin clase Días sin clase I. Menéndez

  • Días sin clase Días sin clase I. Menéndez

  • Qué hacer con los niños durante sus casi dos meses de vacaciones es la pregunta que agobia a muchos padres. ¿La respuesta? Ni muchas actividades que los saturen ni tan pocas que les hagan perder el tiempo

Se acerca el final de curso. Llegan las notas. Los chicos celebran el esfuerzo de todo el año con fiestas y acontecimientos escolares. Las madres tienen que multiplicarse para asistir a reuniones y después: ¿qué podemos hacer con ellos hasta que lleguen las vacaciones familiares? ¿Cómo aprovechar ese tiempo de ocio?

Podríamos empezar por preguntarnos qué entendemos por la expresión “tiempo útil”. Hay quien piensa que durante las vacaciones se debe continuar de algún modo el aprendizaje académico en detrimento de otro tipo de experiencias que, sin embargo, resultan fundamentales para el desarrollo de los seres humanos. Las vacaciones son quizá muy largas, pero si pensáramos que la diversión, la distracción y los juegos son una pérdida de tiempo nos estaríamos olvidando de la importancia del mundo afectivo, del desarrollo de la autoestima y de la capacidad para relacionarnos con otras personas.

Programados

En función de la edad, hay distintas alternativas para que nuestros hijos puedan disfrutar. A partir de os ocho años (o antes, si tienen hermanos o amigos y quieren hacerlo), os campamentos de verano son una opción muy buena para todos los miembros de la familia, pues los niños aprenden cosas nuevas y ganan en independencia al separarse de sus padres y éstos se relajan porque saben que están cuidados y, a la vez, disfrutan de actividades nuevas.

En todo caso, los primeros días de vacaciones sería conveniente que se les dejara descansar sin programar previo, sin otras obligaciones que las que ellos mismos se impongan. Tenemos que tener en cuenta que vienen de un tiempo en el que todo estaba programado y reglamentado hasta el límite, un tiempo en el que las actividades escolares y extraescolares ocupaban prácticamente todas las horas del día y en el que quedaba poco espacio para las elecciones personales.

Cuando terminan el curso están cansados. Por lo general, han hecho un gran esfuerzo y quieren retozar por la casa y disfrutar sin horarios ni obligaciones. El hogar se altera bastante, pero también se distiende si los adultos somos capaces de aceptar esa falta de rigidez. Es preferible, pues, que se vayan a los campamentos a partir del mes de julio, para que se hayan podido relacionar con la casa y con la familia de un modo distinto al del invierno. Después, es el momento de realizar otras actividades, siempre acordadas con ellos. Para los que han suspendido algunas asignaturas, habrá que organizar (teniéndolos en cuenta) un plan de estudios para el verano. Incluso a los que han suspendido alguna asignatura conviene dejarles también unos días de descanso después de las clases.

Espacio transicional

El psicoanalista D. Winicott desarrolló el concepto “espacio transicional” refiriéndose a aquellos momentos y espacios en los que convergen la realidad y la fantasía; el mundo interno y el mundo externo, y en los que se hace posible crear y representar. Todos nosotros podemos acceder a este espacio transicional mediante el juego, el arte y todo lo que consideramos un producto cultural, por lo cual la actividad lúdica es una actividad fundamental en el desarrollo humano. Es por ello que el juego, el ocio y las actividades sin fines productivos aparentes, forman parte de la naturaleza humana.

Sigmund Freud decía que cada niño, en su juego, es un poeta que crea su propio mundo. Así, lejos de ser una pérdida de tiempo, el juego ofrece la posibilidad de construir, de cambiar y de desarrollarse personal y socialmente. Por ende, no podemos olvidar que, para el desarrollo integral de los pequeños, el juego es una actividad fundamental, pues les permite expresarse, experimentar y aprender de la experiencia al tiempo de desarrollar recursos afectivos y creativos.

Sin embargo, en nuestro afán porque no “pierdan su tiempo” podemos convertir sus vacaciones en un cúmulo de actividades que terminen por saturarlos y tengan un efecto contraproducente. Es importante que participen de algunas actividades, pero también que tengan tiempo para el juego libre y que encuentren en las vacaciones una oportunidad para descubrir y desplegar su potencial imaginativo, muchas veces adormecido y maniatado por las exigencias de nuestro entorno.


EVITAR ERRORES

Es mejor no ponerles demasiadas actividades desde el primer día de vacaciones ni obligarles a realizar aquellas tareas que no les gustan para llenar el tiempo libre.

El miedo a que se aburran tiene mucho que ver con desconfiar de sus posibilidades imaginativas. El aburrimiento, lejos de ser malo, puede conducirles a inventarse algún juego o a fijarse en otras cuestiones en las que no solían reparar.
 
¿QUÉ PODEMOS HACER?

Los aspectos más importantes a tener en cuenta cuando planificamos las vacaciones son:

Las relaciones con los amigos y la familia. Es importante mantener y cuidar sus amistades. El juego con otros niños es la mejor forma de que aprendan solidaridad y camaradería, además de enseñarles a organizar lazos afectivos. También hay más tiempo para establecer lazos con otros miembros de la familia como abuelos, primos...

El ejercicio físico y el contacto con la naturaleza son muy saludables. Es la mejor opción para que aprendan a medir sus fuerzas y cuiden su cuerpo.

La naturaleza les enseña muchos aspectos de la vida que no pueden ver en las aulas.

Si tienen que estudiar en verano, conviene acordar un plan con ellos. Si se les deja un tiempo de descanso, aunque sea poco, podrán ponerse a estudiar después con más ganas y menos rechazo.

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