Los cimientos emocionales de las parejas se mueven cuando tienen hijos. Los cónyuges, además de ser la pareja del otro, se convierten en madre y padre del hijo común. La relación madre-bebé demanda a la mujer gran parte de sus energías físicas y psíquicas mientras materna al niño, y la base de esta relación está en la que tuvo la mujer con su propia madre. Así pues, la historia emocional de la progenitora determinará su capacidad para contener y proteger a su hijo y, sobre todo, para amarle.
Papeles cambiantes
Es habitual que haya problemas en el proceso de reacomodación de la pareja cuando se tiene un hijo. Si la mujer tiene dudas sobre su capacidad para cuidar al bebé o si no encuentra su lugar como madre, podría transferir a la pareja estos conflictos. A veces, se centra en el niño y no le queda lugar para su cónyuge, lo que le crea sentimientos de culpa. Hay mujeres que, por su historia emocional, no se creen con derecho a ser madres, lo que les impide disfrutar de su bebé. El hombre puede ayudar mucho o ponérselo más difícil. Si sigue demasiado unido a su madre y la identificación con su padre no ha funcionado, puede alejarse de su mujer porque no sabe cómo actuar como progenitor. Esto puede implicar que aún guarda resentimiento hacía su madre, que, en su inconsciente, lo desplazó por el resto de los hermanos. Asocia la figura de su mujer a la de su madre y se aleja de ella, porque compite con el niño por el amor materno.
El amor de madre consiste, entre otras cosas, en esperar a que el hijo vaya separándose poco a poco de ella, según adquiera independencia. Freud aludía a esta relación al hablar de una cualidad indispensable cuando se ama a otro: respetar su ser. Pero, desde el punto de vista del niño, el amor a la madre no está sometido al principio de realidad. El bebé no reconoce que ella tenga otro interés que no sea él. Y cuando lo descubre, lo acepta mal: sufre celos de su padre y de sus hermanos.
Sin embargo, el que la madre dirija sus deseos hacia algo distinto de su hijo permite a éste diferenciarse de ella y salir de la confusión primaria. Y la mejor ayuda es el padre. Éste tendría que acompañar y proteger al tándem madre-hijo durante los primeros meses. En estos momentos le toca ser generoso y dar apoyo. Tras un tiempo, le tocará a ella ir separándose del hijo y retomar el lugar de mujer junto a su pareja.
Aunque Carla estaba encantada con su bebé, las continuas discusiones con Jorge le ponían triste. Él se ausentaba más cada día y Carla también lo sentía lejos cuando estaba a su lado. El malestar iba en aumento. El día anterior habían tenido una fuerte pelea. Él le había dicho que, desde que era madre, había cambiado, que estaba irritable y que nada de lo que hacía él le parecía bien.
Temores e inseguridades
Jorge y Carla se necesitan mucho, pero no se apoyan. Desde que nació el niño no han tenido relaciones íntimas; él lo intentó un par de veces, pero temía molestarla. Además del cansancio lógico de los primeros meses, otros conflictos promueven la inapetencia sexual de Carla. Tardó mucho en quedarse embarazada porque temía el parto y el embarazo, algo que señala su inseguridad en su papel de madre. Su propia progenitora fue una mujer muy enferma, con la que se había sentido desamparada. Se había entregado por entero a sus hijas, pero siempre quejándose de forma más o menos velada.
Carla, que ha cultivado sus otras facetas de mujer, tardó en reconocer su deseo de ser madre. Que Jorge se inhiba respecto al bebé la irrita mucho porque evoca la poca intervención que su padre tuvo en su crianza. Ella quiere ser una madre distinta y, por supuesto, desea que su pareja esté más cerca en estos momentos. Los conflictos que tienen como pareja derivan del hecho de que no han podido saldar cuentas afectivas con sus padres.
¿QUÉ NOS PASA?
Si mantenemos conflictos inconscientes con nuestra madre, nos sentiremos inseguras maternando al hijo. Emplearemos demasiada energía en ello y no rescataremos el tiempo preciso para ocupar el lugar de pareja.
Cuando nos sentimos culpables por descansar del niño y nuestro espacio con el padre ha desaparecido, puede que estemos reparando aspectos emocionales de nuestra infancia.
A ser madre se aprende: es una labor creativa que precisa tiempo y amor. La madre no es infalible. Si aprende de sus errores, hará de su hijo alguien más fuerte psicológicamente.
Dos cónyuges que aceptan que la madre no es infalible han madurado. Ella acepta su feminidad; él no depende de una madre interiorizada como omnipotente y puede amar a su mujer sin rivalidades ni rechazos.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
Si el bebé nos agobia, podemos sentir culpa por querer alejarnos y descansar, algo que es bueno para ambos: la madre se recupera y después estará mejor con su hijo.
¿Sentimos que nuestra pareja nos exige mucho? Reflexionemos sobre qué papel le damos al padre. La pelea con él puede esconder otro tipo de enfrentamiento que proviene de una rivalidad con nuestra madre.
El espacio de la pareja debe protegerse desde el principio para que el padre se sienta involucrado afectivamente. Esto no implica que los lugares sean intercambiables. Una cosa es ser padre y otra rivalizar con la madre.