Priscila Guilayn

1. Los ausentes que delegan. Intervienen poco en la vida de sus hijos y delegan mucho en terceros: como los tíos, los abuelos, los hermanos mayores o el propio colegio. Apenas conocen qué deberes escolares tienen o qué les ha ocurrido a lo largo del día, por lo que no pueden felicitarles por sus méritos. Los chicos no suelen crear problemas de disciplina en el colegio, pero aparcan los estudios sin hacer ruido y se convierten en pasotas dóciles. Lo habitual es que desarrollen más la introversión que la extroversión, aunque sea fuertes psicológicamente. El riesgo de repetir curso es más elevado que en ningún otro grupo.
2. Los ausentes parciales. Son inconstantes a la hora de imponer una disciplina, pero también en la dedicación de tiempo de calidad a los menores. Esta contradicción entre períodos de ausencia y épocas de preocupación severa acaba reflejándose en unos adolescentes confusos, provocadores y ruidosos en el aula y propensos a repetir curso. No suelen reírles las gracias, pero, a veces, quieren hacerse amigos de su prole comprando caprichos caros, sin necesidad de que haya una insistencia al respecto por parte de los chavales, que suelen ser sociables, abiertos y psicológicamente fuertes.
3. Los amigos de sus hijos. Educando se dan consejos, órdenes, se imponen límites y se sanciona. Los padres que aseguran ser amigos de sus hijos no suele imponer disciplina. Es una figura común entre las parejas separadas, en las que sólo uno de los progenitores adopta esa actitud, resaltando la discrepancia en la educación. Suelen ser protectores, compradores y dedican poco tiempo a sus hijos, pues los consideran “adultos” que son capaces de tomar sus decisiones, aunque delante de los demás acaban justificando sus errores. Estos niños acaban convirtiéndose en adolescentes muy exigentes con sus padres, que se ven impotentes ante sus hijos, que son fuertes, sociables y sobrados de orgullo y autoestima, pero inconstantes en el trabajo escolar.
4. Los protectores compradores. Dejan gran libertad de elección a sus hijos, los justifican diciendo eso de “yo, a su edad, hacía lo mismo...”, no les marcan disciplinas ni límites claros, los felicitan por cualquier mérito, les ríen casi todas las gracias, les pagan muchos caprichos y les dan libertad para elegir lo que deseen. Son amigos de sus hijos y se quejan a menudo del colegio. Los chicos son insistentes en sus peticiones y sus padres siempre acaban satisfaciéndolos, lo que los hace tener un ego muy fuerte y un orgullo muy provocativo. Además, suelen ser irrespetuosos y dictadores, y se niegan a aceptar las órdenes de los adultos. Sus trabajos en clase son nulos e inconstantes, pero no suelen repetir curso.
5. Los protectores sufridores. Evitan a toda costa, y con gran preocupación, que sus hijos sufran algún percance, tanto físico como psicológico. Suelen ser amigos de ellos, aunque no les compran excesivos caprichos y regalos. Los chicos viven en una burbuja, vigilados por sus padres, y son muy sensibles a los cambios y débiles ante la frustración. Sienten dificultad para socializarse, su autoestima es baja y, a menudo, desarrollan cuadros depresivos. No suelen insistir en sus caprichos ni son provocativos con los adultos, si bien presentan apatía escolar con un riesgo, aunque bajo, de repetir curso.
6. Los separados que desautorizan. Tras la separación de la pareja, suelen aumentan las discrepancias sobre la educación de los hijos. Como no hay unidad, ellos se aprovechan para manipular a sus padres, que suelen dejarles un margen elevado de libertad y son protectores, compradores y amigos de sus hijos. Los chicos no suelen ayudar en casa o, para hacerlo, piden constantemente cosas a cambio. Ante un “no” reaccionan con desafío e insistencia. En general, se trata de adolescentes irresponsables, irrespetuosos, inconstantes en los estudios y corren un riesgo elevado de repetir curso.
7. Los desvertebrados. En los hogares desestructurados suelen ser habituales los casos de hijos no deseados, alcoholismo, malos tratos, drogodependencias, abandonos, separaciones, divorcios violentos... Incluso aunque los padres no estén separados, discrepan totalmente sobre los criterios que deben primar en la educación de sus hijos. Existe un total abandono de la prole, puesto que no existen pautas constantes de disciplina, amor, motivación o control del entorno, que se alternan con drásticos y ocasionales intentos en los que los padres se acercan al colegio a quejarse por los suspensos de sus hijos. A veces, intentan sustituir la falta de cariño con regalos: los niños consideran esta situación contradictoria y no saben si agradecer, devolver o romper el juguete. Los hijos acaban siendo resentidos, agresivos, atrevidos, provocativos, egocéntricos y caraduras. Ante los demás, intentan ganarse el protagonismo que nunca tuvieron en el seno familiar.