Priscila Guilayn

Autor: EL CORREO
1. El acosador. Amargado, utiliza a los adolescentes como diana de sus frustraciones. No sólo los critica a ellos y a sus respectivos padres, también a sus compañeros e incluso a los directivos del colegio. Es cínico, orgulloso y destruye fácilmente la autoestima y el rendimiento escolar de los alumnos. Rabadà defiende que este tipo de docente representa una ínfima minoría, porque, según su punto de vista, hay una gran diferencia entre sentirse acosado y ser realmente acosado.
2. El imponente. Quemado por la enseñanza, perdió su capacidad de empatía con los jóvenes y opta por dar clases con laxitud y distancia, imponiendo sus ideas en vez de provocar el argumento en sus alumnos. Da sus clases a espaldas del grupo, llenando rápidamente la pizarra de apuntes, que los chicos deben copiar atropelladamente. En muy contadas ocasiones decide hacerse el simpático, tratando a los alumnos como a niños de tres años.
3. El cansino. Sus largas disertaciones hacen que los alumnos se duerman en clase. En general, es un profesional con muchos conocimientos sobre lo que imparte, pero que no sabe enseñar porque carece de didáctica. Su tono de voz es muy monótono y es incapaz de motivar a los alumnos y dotar a la clase de dinamismo.
4. El “Robocop I”. Insensibles, como el robot protagonista de la película de Paul Verhoeven. Los profesores “Robocop” son demasiado distantes y fríos con los alumnos y no logran ganarse su complicidad, pero sí el enfado de algunos padres por su extrema rigidez.
5. El “Terminator II”. Buenazos hasta el extremo. Son considerados unos “blandengues” por los alumnos al intentar, desde el primer momento, hacerse amigo de todos. Mientras los “Robocop” no logran la complicidad de sus alumnos, los docentes “Terminator”, con su amistad ingenua, no se ganan jamás su respeto. En sus aulas no hay ni silencio ni atención.
6. El “pedabobo” y la “pedaboba”. Suelen entorpecer la labor de los docentes con asuntos teóricos y ajenos a la realidad educativa como, por ejemplo, crear nuevas disciplinas en los centros escolares que no se ajustan a la realidad. Rabadà cita un caso de un pedagogo que quería implantar sanciones a los alumnos tras analizar sus faltas al final de la semana; mientras que los docentes argumentaban que si no se castiga al momento, no es eficaz hacerlo con días de retraso.
7. El zombi. Ya no tiene motivaciones para seguir aprendiendo, reciclándose y, por consiguiente, tampoco motiva sus alumnos. Tiene apuntes amarillentos que no renueva ni actualiza. Estos docentes desconocen las referencias de sus alumnos: el profesor de literatura no lee ningún cómic o el de música no se interesa en saber qué escuchan los jóvenes.