Leticia Gil de Biedma

Un centro de reforma no es una cárcel, pero tampoco un hotel o un colegio mayor. Las internas tienen conciencia de haber cometido un delito y todo su tiempo está pautado: deben asistir a talleres, hacer deporte, estudiar… Los móviles y el Mp3 están vetados. Y, desde luego, se prohíben el tabaco y las drogas. Según su buen comportamiento, van adquiriendo privilegios. Tras cada permiso en el exterior se comprueba si han consumido estupefacientes: hacerlo significa retroceder en el escalafón de privilegios. El propósito es devolverlas a la sociedad reformadas. Tal vez en estos centros se recoge el resultado de muchos fracasos de la sociedad.
Cuando una niña ingresa en alguno es porque han fallado la familia, el colegio y los servicios sociales comunitarios. Mientras la menor permanece allí, hay que trabajar con la familia. Es una labor de doble dirección; los especialistas analizan dónde falla la convivencia y estudian qué ha pasado en ese hogar para que la niña haya alcanzado una conducta tan extrema. Los psicólogos insisten en que el problema, muchas veces, no son los niños, sino las pautas de convivencia en la familia. Se trata de chicas que no asumen normas, que no respetan la figura de los padres, a las que no se les han impuesto límites, que no saben valorar por sí mismas lo que está bien y lo que está mal.
Hay que conseguir que toda la familia aprenda a relacionarse y comunicarse de otra manera. Permitir a los niños hacer lo que quieran no es un buen método educativo, porque se pierden, no toleran las frustraciones de la vida y les cuesta asumir que no siempre pueden ganar y que hay reglas de comportamiento que deben respetar. Tampoco se trata de que los padres se sientan estigmatizados o etiquetados como “inadecuados”.
Manuel, un padre que ha denunciado a su hija por malos tratos, lo expresa así: “Nosotros asumimos nuestra parte de responsabilidad pero, ¿qué hace la sociedad? ¿Qué alternativas nos ofrece? Porque en este sentido existe un gran vacío y se nos deja a solas con el problema”. Quizá la solución se encuentre en la frase que apunta el escritor y asesor de recursos humanos Santiago Álvarez de Mon: “Los hijos no son el problema, el problema somos nosotros, que los vemos como un problema cuando deberían ser una pasión”.