Cristina Avellán se pudo hace unos meses al frente del equipo nacional femenino iraní de fútbol. Dejó atrás a su familia, sus amigos y un trabajo fijo como directora de calidad en una empresa española para dedicarse de forma profesional a este deporte: una apuesta muy fuerte que la ha llevado a Teherán, donde ha descubierto una cultura y unas leyes islámicas con las que ha tenido que aprender a convivir. Ésta es su historia.
“Lo más complicado es conseguir que jueguen en equipo. Tenemos muy buenas deportistas, pero no saben trabajar en bloque. Ése es mi reto, hacer que sean un equipo”. Cristina Avellán (Alicante, 1975) es desde hace varios meses la seleccionadora del equipo nacional femenino de fútbol sala de Irán.
“Cuando recibí la oferta –apunta Cristina–, la reacción de mi familia y mis amigos fue unánime. Todos me dijeron que no aceptase, que era una locura. Pero he logrado algo que en España es imposible: ser profesional del fútbol sala femenino”. Una noche cualquiera, al volver de hacer unas compras, recibió una llamada telefónica que le ofrecía la posibilidad de entrenar a la selección de Irán. Los iraníes habían obtenido su nombre de la Asociación Española de Entrenadores. Ella no se lo pensó: firmó un contrato de seis meses y se puso rumbo a una república islámica de la que no sabía mucho.
Ataviada con el “hijab” (el obligatorio pañuelo para cubrirse la cabeza) y la chaqueta oficial del equipo nacional, esta seguidora del Barça confiesa que no tiene tiempo para aburrirse: “Vivo volcada en el trabajo las 24 horas del día. Nos concentramos dos semanas y luego descansamos cinco días, un periodo de tiempo que empleo en repasar vídeos y corregir errores. Mi vida aquí es el deporte”.
Un día normal transcurre entre el hotel en el que vive, a las afueras de Teherán, y el pabellón deportivo. El equipo entrena mañana y tarde a puerta cerrada, “porque lo hacemos de corto y sin pañuelos, así que ningún hombre puede vernos”. Cuando se acerca un partido de competición, ensayan con el uniforme oficial islámico, que les cubre las piernas y los brazos e incluye un “hijab” para el pelo. “No es muy cómodo, pero son las leyes y no hay nada que discutir. Las chicas, a veces, están más pendientes del pañuelo que de la pelota”, comenta Cristina, una deportista que echa de menos algo tan simple como “ponerme unos pantalones cortos y salir a correr por los alrededores del hotel”. Imposible para una mujer en Irán.
LA BARRERA DEL IDIOMA
Con las 14 chicas del combinado nacional le separa la barrera del idioma, pero, “a base de ser directa, hacer gestos y hablar con fuerza he conseguido que no se pierda demasiado entre lo que yo digo y lo que transmite mi traductora”. La palabra farsi (idioma oficial de Irán) que primero se le grabó fue “sari”, velocidad. “Es lo que les falta a las chicas a la hora de mover la pelota”, asegura.
Atrás han quedado las primeras reuniones con la federación iraní, en las que le transmitían una mezcla de instrucciones tácticas y morales. Ahora está integrada en la vida futbolística de un país donde el acceso de las mujeres a este deporte en su versión masculina sigue estando en entredicho. “Me animó la curiosidad, era un reto profesional y personal y no me arrepiento. Brasil y España son los referente. Mi trabajo es que Irán lo sea en Asia”.
Aún le queda trabajo. En los Juegos de Salón de Asia, celebrados recientemente en Macao (China), las chicas de Avellán consiguieron ganar uno de los tres partidos de su grupo y fueron eliminadas en la primera ronda. Tras golear a Malasia por 13 goles a uno, perdieron frente a Japón. “Fue una pena –comenta Cristina– porque el equipo mereció ganar. Pero hay que mantener la cabeza fría. Es la primera vez que competimos a este nivel”.
LO QUE CRISTINA NO PUEDE HACER EN SU NUEVO TRABAJO
• Llevar ropa “provocativa”. Pantalones cortos, transparencias, botas altas y abrigos ceñidos están vetados, así como el maquillaje.
• Ver un partido. A pesar de que pueden acudir a espectáculos deportivos masculinos desde 2006, está mal visto porque verían a hombres ligeros de ropa.
• Tocar a un varón. Una mujer ni siquiera puede dar la mano a un hombre, a menos que sea su esposo o un pariente en primer grado.
• Divorciarse. Si Cristina se casara con un iraní y después quisiera deshacer el matrimonio, tendría que demostrar que su marido es impotente, insolvente o drogadicto, o que lleva seis meses viviendo fuera de casa. Además, sólo tendría la custodia de sus hijos hasta que éstos cumplieran siete años.
• Testificar. Puede hacerlo, pero un juez considera que es necesario el testimonio de dos mujeres para que su declaración tenga el mismo peso que la de un hombre.
FICHA DEPORTIVA
• Nació en Alicante hace 32 años.
• Ha practicado baloncesto, atletismo y karate
• A los 21 años empezó a jugar al fútbol sala. Después fue entrenadora de la Universidad de Alicante y en 2006 se convirtió en seleccionadora de la Comunidad Valenciana.