Costaleras

Silvia Fernández

Costaleras

Autor: MATÍAS COSTA

“Todas por igual” es el grito de ánimo que reciben de su capataz. Mujeres que quieren experimentar de la Semana Santa de una forma distinta y, de paso, demostrar que también pueden ser costaleras. Sacar un paso supone toda una demostración de fuerza y sacrificio. Ellas nos cuentan qué se siente “ahí abajo”.

Sevilla, 5 de febrero de 2008. El capataz golpea el paso... Una llamada, 40 hombres alerta; otra, meten riñones, la siguiente... 1.200 kilos besan el cielo. “Buena levantá”, comenta el público. Sevilla ensaya su Semana Santa con el sonido del arrastrar de los pies de los costaleros en las calles empedradas. Aunque sólo es un ensayo, la concentración es máxima.

Ser “los pies” de un Cristo o una Virgen no es una ciencia exacta, pero por momentos se revela como una especie de danza, un arte en el que todo cuenta: la inclinación de la calle, el calzado de la cuadrilla, su carácter, su estatura, la pericia del capataz... Hoy no hay adornos, los sacos de arena sustituyen a las imágenes religiosas, pero el esfuerzo, las ganas y los kilos son los mismos y a su paso enmudecen los coches y la gente, incluso aquellos que hace mucho que no saben qué es eso de la Semana Santa. Y a veces el resultado roza la magia de un Domingo de Ramos, aunque siempre hay críticos y siempre se puede mejorar.

Aprovecho el momento del relevo para lanzar la primera pregunta: “¿Una mujer sería capaz de hacer esto?”. El capataz contesta: “Yo no tendría ningún problema en meter a mujeres, pero que me vengan 50. Lo que no voy a hacer es meter ahí a una chica sola. Porque siempre hay algún golfo que dice lo que no debe”. Lo que es la naturaleza humana: 1.200 kg en la nuca y aún quedan ganas de guasa. Otro capataz completa: “Tendría que ser una mujer excepcional para elegirla sobre los 40 restantes. Y ojo que ellos no son perfectos, que hay tíos que no valen ni para esconderlos. A mí lo que me interesa es que el paso ande y todavía no hay suficientes mujeres para sacar uno”.

Les recuerdo que las costaleras existen, que incluso en Sevilla tres chicas salieron el año pasado en la procesión del Niño Jesús de Praga del Santo Ángel. El mayor ataja: “Mira esto es todo política, hasta la posición que llevas bajo las trabajaderas... El año pasado, con el niño de Praga, el capataz llamó a la Junta de Gobierno de la Cofadría en la “igualá” (momento en que se escogen los costaleros y se les “iguala” por alturas) para preguntarles qué les parecía meter a las chicas y le dijeron que . Pero aquello fue un paripé”. Los hombres hablan, deciden y se cierra el debate. Una de las chicas que asiste al ensayo lo tiene claro: “Para planchar, bien que te llaman”.

PASIÓN EN HUELVA

Cambia el escenario y los protagonistas. Moguer, Huelva, 21.30 h. del 6 de febrero. Es el primer ensayo de la Borriquita del Domingo de Ramos (nombre oficial Santísimo Cristo del Amor). Un paso de cinco metros de largo por 2,40 de ancho. Y bajo sus nueve trabajaderas desfilarán 53 mujeres. En Moguer hay una cuadrilla de costaleras desde 1994. Pero no todas las que pasean esta noche nerviosas por el patio son del pueblo. Algunas vienen desde Lucena del Puerto, otras de Huelva... Llega un coche con dos chicas de Sevilla acompañadas por un amigo. “Hace falta tener ganas para venir hasta aquí para esto”, dice mientras contempla los preparativos. El ensayo durará hasta la una y no habrá relevos. El Domingo de Ramos estará unas cinco horas en la calle. Y la Borriquita es el paso más grande del pueblo... y el que más pesa. Pues sí, hay que tener ganas.

Entre las recién llegadas también hay unas cuantas novatas. Entre charlas y risas se fajan y, con ayuda de sus compañeras, se componen el costal. Los capataces supervisan el proceso. El riesgo de lesionarse existe y es su responsabilidad saber “igualar” a las chicas en altura para escoger bien la trabajadera en la que irán y que se hagan bien “su ropa”.

Llega la hora de la verdad y las chicas se colocan. Las novatas, nerviosas porque no saben si serán capaces. Las veteranas, también nerviosas porque no saben si podrán hacerlo de nuevo... El capataz golpea una vez: “Rosa, ¿nos vamos?”. Una voz surge de debajo del paso: “Nos vamos”. Otra llamada: “Quiero alegría, quiero un salto. Todas por igual, valientes”, grita el capataz. “Al cielo va a llegar”, contesta Rosa. Y con la última llamada el paso se eleva “al tirón”. Sacar el paso del patio parece lo más complicado y se hace poco a poco. Las chicas obedecen ciegamente las indicaciones de los capataces. Y no es una forma de hablar, deben acostumbrarse a trabajar así, porque en Semana Santa la aglomeración y los faldones que adornarán la Borriquita reducirán a cero su visibilidad. Tras la primera “chicotá” (recorrido de unos 70 m), un pequeño descanso. “A mí no me pesa”, comenta una de las nuevas. “Tú tranquila, que los kilos caen”, le responden.

EL ENSAYO TONTO

Cada paso se mueve de una forma distinta y éste “se baila”: a cada metro adquiere una cadencia alegre y sus “levantás” son todas “al tirón”, apuntando a lo más alto. Toda una demostración de fuerza, una batalla contra los kilos en la que tiene que quedar claro que eres tú quien los lleva y no ellos a ti. Tras dos horas de esfuerzo se hace un descanso un poco más largo en la plaza de la iglesia. Las chicas abandonan sus puestos y comentan la jugada. Todas están de acuerdo: “Hoy tenemos el ensayo tonto, todos los años tenemos uno y hoy toca”. La otra preocupación del día es si van a poner a la hebrea con el niño en brazos este año o al siguiente. Cada figura que añaden (y ya van nueve) agrega peso a la tarea. ¿Y por qué se metieron en esto? “Yo le dije a mi jefe: “si me renuevas, me meto ahí abajo”. Me renovó y desde entonces aquí estoy”. Algo especial debe de sentirse ahí abajo para que todas estén tan “enganchadas”. “Es como estar enamorada”, contesta una, “¡Hala!”, dicen las demás entre risas. “Qué va, es más”, afirma otra. De vuelta al patio, una cosa me queda clara: esto no es fácil, hay que saber andar, avisar, aguantar los kilos cuando hay que aguantarlos... es algo más que un oficio y una lección de compañerismo y no todo el mundo vale, hace falta sacrificio y fuerza. Ellas mismas lo explican: “Esto no es sólo levantar kilos, soltar kilos y andar. Es mucho más, si no a qué venimos, ¿a pasearnos?”.

HERRAMIENTAS DE TRABAJO

Fajas, morcillas y all stars. La faja protege los riñones de la costalera. El costal es su otra herramienta de trabajo. Consta de una tela de arpillera y de la morcilla que va envuelta en esa tela, y se coloca en la nuca. Su medida tiene que estar adaptada a cada persona (la cuarta de su mano más tres dedos de largo y dos de ancho). El calzado también es importante porque al ir arrastrando los pies, no es difícil que alguien pierda una zapatilla, por eso se está poniendo de moda llevar zapatillas “all stars”.

Patero, fijador, corriente. Las trabajaderas son las vigas de madera transversales a los costados, donde se colocan las chicas. En la igualá el capataz decide el puesto de cada costalero por su altura y fuerza. Se llama costeros a los puestos que van en las cuatro esquinas y pateros a los de los laterales. A su lado se encuentran los fijadores y en el centro los corrientes.

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