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Belén Rueda: “Los deseos cumplidos tienen su parte mala”

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Llega en su coche, con puntualidad británica, y se pone a trabajar al instante. Lleva unas semanas frenéticas: los Goya, la Berlinale y la promoción de El mal ajeno, su película más reciente. Pero sonríe y tiene elogios para todo el mundo: para el director de El mal ajeno; para Eduardo Noriega, protagonista de la cinta; para Amenábar, que la llevó de la mano a la gran pantalla y para Emilio Aragón, mentor de sus inicios televisivos. De esto y de mucho más nos habló en esta entrevista.

Mujer hoy. ¿Cómo llegó a sus manos El mal ajeno?

Belén Rueda
. A través de Alejandro (Amenábar), que me dijo que tenía un guión que quería producir. Conocía al director, Oskar Santos, porque había hecho el making of de Mar adentro. Recuerdo que entonces le dije: En tu primer proyecto quiero estar yo, ¿eh?, así que me ha hecho muchísima ilusión trabajar con él. El guión, escrito por Daniel Sánchez Arévalo, me encantó: es muy maduro y redondo, algo muy difícil con este tipo de historias, porque tienen que ser muy creíbles y lograr que el espectador se vaya dando cuenta de lo que está pasando.

¿Y por qué le gustó el proyecto?

Porque puede verse como una historia fantástica; pero es también una metáfora de la vida real. Todos deseamos que nos pase algo bueno, pero lo imaginamos como algo aislado, y lo bueno siempre va acompañado por cosas que pueden ser negativas. Los deseos cumplidos tienen sus pros y sus contras, pero cuando deseas algo que no tienes, sólo piensas en lo positivo. El mal ajeno trata de eso.

Su personaje, Isabel, es muy duro: una mujer alcohólica, que descubre un engaño terrible.
 
Fue todo un reto. Isabel es un personaje precioso, con toda una historia de curación más psicológica que física. Para prepararlo tuve varias reuniones con mujeres de Alcohólicos Anónimos. Me ayudaron muchísimo; tenían mucho interés en que la película mostrara que el alcoholismo es una enfermedad.

Isabel inicia una peculiar relación con el protagonista de la cinta.

Sí, ella y Diego (Eduardo Noriega) se encuentran en el fondo del hoyo, en la misma situación sentimental. Y eso significa que no tienen que empezar de cero. Eduardo y yo nos entendimos fenomenal desde el principio. Es un actor muy generoso, y también incansable. Para él va a haber un antes y un después de esta película, está espectacular. Cuando yo llegué a las pruebas de maquillaje, él estaba fuera de la sala, hablando por el móvil y ya caracterizado. Y lo miré y me dije: ¿Quién es ése?. Su personaje es algo mayor que él y le envejecieron un poco. Y Eduardo le ha dado una madurez tremenda.

Sus papeles en el cine siempre son muy dramáticos. ¿Para cuándo una comedia o una Belén sexy?

Cuando Amenábar quiso que hiciera Mar adentro había cierta incredulidad acerca de que yo pudiera pasar de la comedia al drama. El reto te hace trabajar más, claro, y sacar todo lo que llevas dentro. ¡Y ahora me pasa lo contrario! Me dicen: ¿Te ves capaz de hacer comedia?. Creo que los directores tienen en mente tus últimos trabajos y ya está. Tras El mal ajeno le dije a mi representante: ¡Por favor, quiero hacer una comedia!. Mi próximo trabajo, Los ojos de Julia, también es dramático. Pero, al menos, ahí tengo ese registro sexy del que hablas.

¿No piensa volver a la tele?

Hago cine porque me salen proyectos que me gustan muchísimo. Pero la televisión me encanta y me apetecería volver. El problema es que, si te ofrecen una serie, tienes que plantearte si puedes comprometerte tanto tiempo. Los guionistas de Los Serrano me mandaron a Houston y trabajaron como locos para que dispusiera de los cuatro meses que necesitaba para Mar adentro. Aun así, fue duro. El último día de rodaje acabamos muy tarde. Y a las ocho del día siguiente tenía que estar serrana perdida, en un hotel de Madrid, con los niños y haciendo cachondadas. Resines me decía: Estás un poco espesa, y yo: Déjame un rato, que aún no me he quitado del personaje y ayer estaba a las puertas de la muerte.

¿Por qué decidió, casi con 40 años entonces, dar el salto a la gran pantalla?

Yo he sido educada en la televisión y ahí estaba muy a gusto. Siempre tienes en mente que te gustaría hacer cine, pero, claro, depende del proyecto. Y más en aquel momento, en que Los Serrano estaba en pleno apogeo. Pero te llama Amenábar y ¿qué haces? ¡Decir que sí! El director de casting, Luis San Narciso, que es amigo mío, me llamó para decirme que Alejandro quería que hiciera una prueba y le colgué; pensé que me estaba tomando el pelo.

¿Cómo fue la experiencia?

Una maravilla. Tiene muy claro lo que quiere contar, pero te deja mucha libertad. Nos dijo que podíamos cambiar el texto. Al principio improvisabas... Y luego resultaba que las palabras del guión eran las que mejor expresaban lo que había que decir. A él le debo haber entrado en el cine por la puerta grande. Confió en mí más que yo misma.

Aquel papel le granjeó un Goya a la mejor actriz revelación. ¿Cómo se sintió?

¡Nunca había ido a los Goya y mira lo que pasa la primera vez que voy! Fue muy emocionante y un poco sorprendente. Cuando te dicen que estás nominada te hace mucha ilusión, pero cuando dicen tu nombre piensas: Ay, no, yo no quiero salir. Tú has terminado tu trabajo un año antes y, con el Goya, recuerdas que ese trabajo ha gustado y que tiene un reconocimiento de la profesión. Y eso siempre es agradable.

¿Qué le pareció el cambio de televisión a cine?

Hay pequeñas diferencias. La televisión es muy naturalista; en el cine, la cámara se te mete hasta la cara y la actuación es más intimista y contenida. En teatro es al revés: todo hay que proyectarlo para que llegue hasta la última fila.

Hablando de teatro, la vimos en Closer y nunca más. ¿No le gustó?

¡Me encantó! Y me han llegado proyectos atractivos, pero ya me había comprometido con otras cosas. Además, sinceramente, los horarios de teatro son bastante incompatibles con niños. Ese año lo llevé muy bien porque tenía mucha ilusión y mis hijas me apoyaban muchísimo, pero salía de casa a las seis de la tarde y los fines de semana, cuando ellas están sin cole, yo tenía doble función. Así que me he dado un tiempo; para mí es muy importante mi faceta de madre. Tal vez cuando las niñas sean mayores. ¡Aunque ya se me habrá pasado el arroz! (ríe)

¿La aprecian más como actriz desde que hace cine?

Sí, y es una pena que te consideren menos por hacer el mismo trabajo: un personaje. Pero también creo que se ha avanzado bastante en este sentido: hay mucho movimiento entre cine y tele.

Usted vivió los inicios de la televisión privada en España. Creo que fueron unos años muy caóticos.

Fue caótico, sí, porque no había personal para todos los canales que surgieron. Pero el desorden se compensaba con ilusión. Grabábamos hasta las mil y todos encantados. Lo recuerdo con muchísimo cariño. Además, tuve la suerte de empezar con Emilio Aragón, que fue el precursor de una nueva forma de hacer televisión, más cercana. Él logra que todo el mundo considere suyo el proyecto, y eso crea un ambiente inimitable.

Ahora acaba de dirigir su primer filme. ¿Le gustaría trabajar con él?

¡Me encantaría! Lluis Homar, que ha trabajado en esa cinta, es mi marido en Los ojos de Julia y hemos hablado muchísimo de Emilio. Es muy generoso y respetuoso, y eso es una característica de los buenos directores. La época de Emilio fue genial; yo era un libro en blanco y las primeras líneas las escribió él.

Tengo entendido que le preocupa mucho la obsesión por la imagen.

Sí, porque predomina sobre muchas cosas que son más importantes. Creo que deberíamos intentar trasmitir unos valores diferentes y, como les repito mucho a mis hijas, dejar claro que cada persona es única e irrepetible.

¿Cómo viven ellas el hecho de tener una madre famosa?

Tiene sus pros y sus contras. Creo que la gente no se da cuenta de lo mucho que influye. Ellas me han dicho alguna vez: No sé si mis amigos quieren estar conmigo por mí o porque tú eres mi madre. Si tienes inseguridades, no sabes si la gente se acerca a ti por interés. También nos pasa a los actores.

¿Cree que querrán seguir sus pasos?
 
Tienen más información que nadie para saber si les interesa. Y es lógico que les llame la atención, porque tanto su padre (el productor Daniel Écija) como yo estamos en este mundo. Pero hay más posibilidades. Querría que encontraran su camino.

Usted protege mucho su intimidad, no permite que los medios las entrevisten o las fotografíen.

Sí, soy muy protectora. Esta profesión es muy deformante. Vivimos situaciones que no son normales: llamas la atención en todas partes, te tratan de forma preferente... A nosotros nos cuesta asimilarlo, tenemos que rodearnos de personas que nos pongan los pies en la tierra. Imagínate a un niño. Algunos críos con los que he trabajado en televisión se acostumbran a ese trato irreal; y, cuando la serie se termina, la realidad llega bruscamente. Yo no quiero que mis hijas vivan eso. Además, a ciertas edades se hacen muchas tonterías y deberías poder hacerlas sin que todo el mundo te esté mirando.

Usted tuvo otra hija que murió con un año por una cardiopatía congénita. Desde entonces colabora con la fundación Menudos Corazones.

Sí, los conozco desde sus inicios y me merecen muchísimo respeto. Cuando me pasó lo de mi niña me sentí muy perdida. En esos momentos, los padres no saben qué hacer, y la fundación te orienta muy bien a nivel médico y te dan un apoyo emocional muy necesario. Conoces a otras familias que están pasando por lo mismo y compartes sensaciones, miedos, alegrías... Sientes que no estás sola. Y, en ese momento, es muy importante.

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