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Blanca Romero: “Mis miedos ya están atrás”

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Jamás se hubiera propuesto interpretar si no se lo hubieran ofrecido. Tenía tantas ilusiones en la música y conocía tanto las cámaras ante las que posaba en París, Tokio y Nueva York que nunca se lo planteó. Pero, como en el amor, donde menos te lo esperas encuentras una pasión. Y Blanca la ha encontrado en la interpretación. Está a punto de estrenar su primera película, “After”, y su nombre suena para optar al Goya a mejor actriz revelación. Curtida en la serie de Antena 3 “Física o química”, es curiosa y atrevida. Sus inquietudes la han llevado al cine y, antes, a la moda, la música, la tele, la pintura y la composición. Hoy nos cuenta lo distintas que fueron su primera y su última experiencia en esos terrenos. Incluido el amor.

Mi primer día de rodaje...

Madrid, finales de 2007. “Rodé mi primera escena de “Física o química” en el Jardín Botánico de Madrid. Estaba muerta de miedo, rezaba antes de cada secuencia por esa responsabilidad de querer hacer las cosas bien. Íbamos en moto, me quitaba el casco en cada secuencia y me colocaba el pelo como podía. Y claro, tienes que ponerlo siempre igual para que no se vea raro cuando lo montan, lo que se llama “racord”. Llegó la peluquera como loca, diciéndome que tenía que respetar el “racord”. “¡Pero si estoy respetando a todo el mundo!”, le dije. “Además, ¿quién es? Nadie me lo ha presentado…”. Entre unas cosas y otras lo pasé tan mal que puse velas a la Virgen para que la serie no funcionara y aquello acabara. Menos mal que no me hizo caso. Nunca he sido llorona, pero ahora me sale con facilidad. Poco a poco, todo cambió. Empecé a darme cuenta que yo, que pensaba que lo sabía todo, no tenía ni idea: las cosas que tenía por descubrir, de mí y los demás, el control de las emociones… dejé de rezar y empecé a disfrutar”.

… y el último

Sevilla, verano de 2009. “Una de las últimas secuencias de “After” fue en Sevilla, de noche y en verano, algo mágico. Yo pierdo una sandalia y me termino de romper tras varias cosas gordas que le pasan a mi personaje. Era uno de los últimos días que Tristán Ulloa, Willy Toledo y yo estábamos juntos. Entré en la historia de forma muy natural, incluso tuve que controlarme para no llorar. Noté que todo el mundo se quedó en silencio. El director, Alberto Rodríguez, se quitó los cascos y se acercó. Me dio tanta vergüenza que me fui corriendo al baño a fumar. Es como una tarde grande de toros, surge el duende y punto, porque se crea un aura de respeto que incluso al que lo protagoniza da miedo. Todos me arroparon, aunque también sé que al principio hubo alguno reacio. Pero Alberto se deja llevar por su intuición. Y yo siempre he pensado que todo lo que sea arte, desde guisar una fabada a hacer una película, debe guiarse por la intuición, dejar que tu cuerpo hable mientras aprendes a escucharle. Es algo que te puede ayudar a ir por delante”.

Mi primer desfile...

Gijón, 1990. “Tenía 14 años cuando un día entré a comprar a una tienda de ropa. Las chicas que trabajaban allí me ofrecieron desfilar para la marca, no sé si me pagaron 10.000 pesetas y alguna prenda. Hicimos varios desfiles, incluso en bares, cambiándonos en los baños. Luego ya se montaron otros en el teatro, donde podía hasta bailar. No tenía vergüenza ni nervios. Era tan niña que estaba protegida de maldades. Estuve haciendo mis pinitos, mis padres ya vieron mis intenciones de tirar por la moda y me vine a Madrid con 17. En pocos meses hice la portada de Ragazza y empecé a viajar como una loca”.

… y el último

Sevilla, febrero de 2008. “Estuve en la Semana de la Moda Flamenca, desfilando con mi hija Lucía. Desfilar me gusta, pero fue algo donde no llegué a demasiado, quizás porque me faltan algunos centímetros. Aunque llegué a hacerlo con Lacroix en París, y para muchos otros, trabajé más en campañas y como modelo fotográfica. De vez en cuando me apetece subirme a la pasarela, sobre todo porque es otra forma de actuar. Desfilar tiene su arte y te hace sentirte una princesa”.

Mi primera canción...

Gijón, 2001. “Todo ocurrió en la casa de unos colegas, que tenían un estudio donde tocaban. Llevábamos 15 días jugando al parchís sin salir, no dejaba de llover. Lo primero que compuse fue en inglés. Fue un pop rockero que llegué a grabar, en algún sitio debo tener esa cinta. Surgió así, sin más”.

…y la última

Madrid, hace un mes. “Fue en mi casa, terminé una que me quedó muy flamenca. Cuando el flamenco entra en tu vida no vuelve a salir, así que ahora todas me salen así. Hay gente a la que no le entra nunca, pero si te pellizca dentro ahí se queda. El día que escuché a Camarón por primera vez hubo un antes y un después en mi vida. Recuerdo que decía algo así como: “A la quinta voltereta me paré, que ya no salto más, que ya estoy del revés…”. Escribo a mi evolución. Este último tema habla del paso de niña a mujer, a cómo madurar en las relaciones y el amor, a cómo voy aprendiendo, sintiendo y cambiando”.

Mi primer cuadro...

Gijón, 1998.Pinté un ángel con el pelo rizado, muy flamenco, con muchas alas… era muy moreno, como los de Machín. Quería probarlo, tenía mucho tiempo libre después de dar a luz y siempre me llamó la atención. Ves cómo un lienzo crece y tiene significado gracias a un idioma en el que dices cosas que ni sabías. Es una manera de quejarse maravillosa, sin hablar. A eso me ayudó la pintura: no te puedes quejar de nada, todo es culpa tuya porque está en tu mano, la responsabilidad es tuya. Si algo no te gusta, cámbialo, aunque sea sólo dentro de ti”.

…y el último lienzo

Gijón, hace dos semanas. “Últimamente pintaba muchos cuadros y luego los encarcelaba con cruces y rejas. El último empezó siendo una espada, pero el otro día lo convertí en una mujer llena de flores blancas. No lo encarcelé… Creo que estoy en un momento de paz interior. Es como el camino de vuelta al amor: he aprendido a disfrutar porque dejé de pelearme, de protegerme, dejé muchos miedos atrás. Siempre he creído que generamos energía y eso puede provocar que se distorsione el entorno. Ahora estoy a gusto, yo lo noto y mi gente también”.

Mi primer gran sueldo...

Tokio, 1994. “Gané un millón de pesetas con 18 años, trabajando un mes en Japón. Llevaba los yenes en una riñonera. Ví un escaparate lleno de mochilas en un centro comercial. No sabía cuál escoger y las compré todas. Me dejé el millón en un lavabo y cuando volví no estaba. Busqué en objetos perdidos y allí estaba la mochila… con el dinero dentro. Llegué a Canarias, lo dejé debajo del colchón y lo volví a olvidar. Cuando caí en la cuenta estaba en Asturias y esta vez sí lo perdí. Acojonante”.

…y el último

Madrid, este año. “Un buen dinero ahora se gana con la publicidad. Mi última campaña cobré un pellizco muy simpático y me hice una piscina en casa. Chiquitina, pero muy mona”.

Mi primer amor...

Gijón, 1990. “Fue el mismo que me despertó la pasión. Vivía en Asturias, tenía 14 años. Yo estaba asomada a una ventana, y él iba a una clase de kárate. Me enamoré hasta de cómo caminaba. Le seguí, le busqué… y fue el primero que me rompió el corazón. Me clavó un puñal enorme cuando me fue infiel y sufrí como una loca. Todo fue tan nuevo… recuerdo que la primera vez que me besó fue tan extraño que salí corriendo y tardé dos días en volver a verlo. A partir de ahí, siempre que he estado con alguien he estado enamorada. También te digo que alguna vez me he enamorado aunque haya sido sólo por un día. Porque formas de amar hay muchas”.

…y el último

Madrid, hace pocos años. “Hace tiempo que no me enamoro. Pero sí, claro que recuerdo la última vez. La sensación que tuve en aquella relación fue que cada día iba a más en vez de a menos, que es lo normal. Cada día estaba más enamorada, más feliz, más, más… De hecho, lo dejé locamente enamorada. Pero tuve un arranque de los míos y terminé. En parte influyó que me acabé dando cuenta de que era un alma gemela, una persona que necesito saber que está ahí, que existe, y eso ya es bastante. No necesito poseerle, sabemos lo que sentimos y eso no va a cambiar nunca. Un amor del alma, quizá también una asignatura pendiente con la que me pasa como las dietas o el gimnasio: mejor empiezo la semana que viene. Si volvemos a estar juntos, no me separaría ni para comprar el pan. Y eso que necesito mi espacio”.

Mi primer instinto maternal...

Muy pronto. “Tuve mucha inconsciencia, algo que no te protege de los fallos. Pero la maternidad me llamó bien joven, hasta el punto de que avisé. “Voy a quedarme embarazada”, dije a mis padres. Yo estaba haciendo el amor para tener un bebé, porque Lucía fue buscada. Todo me iba brutalmente bien en lo profesional, pero no estaba llena, me faltaba algo. Me encantaban los niños, quería tener unos cuatro”.

…y el último

“Ahora mismo. Reconozco que me da miedo porque tuve un parto muy malo con Lucía, pero sentada aquí contigo, con un cochecito y un chupete, sería tan feliz…”.

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