De padre angoleño y madre cubana, su 1,96 m de altura
no pasa desapercibido. Tampoco la determinación con que
encara los partidos, en los que lo da todo. Hace unos años,
dejó el baloncesto y se fue a París a trabajar como modelo. No le iba
nada mal, pero cuando veía jugar a sus antiguas compañeras sentía
muchísimos celos. Volvió a las canchas. Y, como algunos vieron esa
retirada temprana como una frivolidad, tuvo que demostrar más
profesionalidad que nadie. Su equipo, campeón de la Liga, acaba de
renovarla. Espera seguir dando mucha guerra.
Lo que espera del Mundial: “El oro. Es el sueño de cualquier jugador. Jugar una fi nal contra Rusia o Australia sería lo máximo”.
El baloncesto femenino: “Los políticos hablan de “igualdad”, pero las subvenciones no son las mismas, ni el espacio en los medios. Puede que generemos menos dinero pero, si no se sabe que existimos, es complicado ganar más: la pescadilla que se muerde la cola”.
Conciliación: “Las familias aprenden a adaptarse; a la mía le costó. Era una lucha diaria explicarles por qué quería dedicarme a esto. Por otra parte, es una profesión muy absorbente y a veces te planteas si te estarás perdiendo algo. Pero, si te gusta, no tienes opción”.
Lo mejor y lo peor: “Es un estilo de vida muy adictivo, y me encanta. Lo eché mucho de menos cuando me retiré. La parte negativa es que el futuro tras la carrera deportiva es muy inestable. Yo estudié Cine y Realización y me gustaría rodar un documental sobre esta vida”.