Y si la vida ya es difícil para las mujeres, la minusvalía añade un reto más a su lucha cotidiana. Una de las principales preocupaciones de este colectivo es la inserción laboral. Según Pilar Villarino, directora ejecutiva del Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI), “las mujeres representan a más de la mitad de las personas con discapacidad en España y muchas veces están sujetas a múltiple discriminación, especialmente en lo laboral. Esta situación de mayor vulnerabilidad debería ser tenida en cuenta por las empresas al configurar y aplicar sus políticas de responsabilidad social corporativa. Hay que eliminar los prejuicios que dificultan a las empresas la contratación de mujeres con discapacidad. Nuestra meta es el reconocimiento de los derechos y la igualdad de oportunidades de este colectivo”.
Más que crisis
El informe Equipara 2008 del Observatorio para la Inserción Laboral de Personas con Discapacidad muestra que, de los 3,8 millones de personas (casi un 9% de la población total) que tienen alguna minusvalía en nuestro país, sólo un 29% cuenta con algún tipo de empleo. Y eso que la Ley 13/1982, del 7 de abril, de Integración Social de los Minusválidos (LISMI), obliga a las empresas públicas y privadas con plantilla de más de 50 trabajadores a tener, al menos, un 5% o un 2%, respectivamente, de trabajadores discapacitados. Y esta situación se agrava en el sector femenino, ya castigado tradicionalmente por la precariedad. Según un estudio hecho en Andalucía entre 3.500 discapacitadas, el 80% se encuentra en paro y el 40% ya ni siquiera intenta buscar trabajo.
Para revertir esta situación, estas féminas reclaman actuaciones específicas y más inversión en formación. El Gobierno contempla una protección especial para ellas en su Plan Estatal de Empleo para las Personas con Discapacidad y lo cierto es que, en los últimos cuatro años, la contratación de personas con minusvalías ha subido un 25% y los discapacitados que consiguen un empleo público en la Administración General del Estado, un 75%. El próximo reto para estas mujeres es conseguir un puesto de trabajo fuera de los circuitos públicos o protegidos. Según un informe de ANFAS, sólo 962 discapacitadas firmaron en 2008 un contrato en la empresa ordinaria en la Comunidad de Madrid; 1.326 lograron un trabajo en empresas con programas específicos para discapacidad (las cifras masculinas, por otra parte, son significativamente más altas: 1.525 y 1.040 contratos, respectivamente).
Una vida complicada
Además, muchas de estas mujeres suman a la discapacidad otras situaciones que pueden aumentar su aislamiento. Aragón ha puesto en marcha un plan destinado a las mujeres con minusvalías que viven en un entorno rural y tienen un acceso menor a las redes de ayuda. El CERMI reivindica una mayor capacidad de decisión de estas féminas sobre su sexualidad y maternidad. Y ya se han puesto en marcha diversas guías y proyectos para prevenir y combatir la violencia de género hacia mujeres discapacitadas. Todavía queda mucho por hacer.
Nuria del Saz, ciega, 34 años. Presentadora de informativos de Canal Sur 2, casada y con una hija. “El empresario debe confiar en que somos gente válida”
A los 11 años empecé a perder la vista por una retinopatía y a los 13 me quedé ciega. No lo viví como un drama, me fui adaptando poco a poco. Mis padres me cambiaron a un colegio de la ONCE y allí aprendí braille y habilidades que me valdrían de por vida. Mi ceguera no ha condicionado ni mi faceta profesional, me dedico a lo que soñaba de pequeña, ni personal, porque estoy casada y soy madre. Con la niña me apaño fenomenal. Eso sí, mi marido me enseñó a colocarla para darle el pecho. Mi otro gran apoyo es mi perro Nastum, él me cambió la vida, porque me dio mucha autonomía. La mayor dificultad para las personas ciegas es la integración en el mundo laboral. Los empresarios tienen que confiar en que somos tan válidos como los videntes”.
Mar Cogollos, tetrapléjica, 46 años. Psicóloga y directora de ASLEME (Asociación Española para el Estudio de la Lesión Medular Espinal), casada y con dos hijas. “He aprendido a vivir con lo que tengo y con lo que me falta”
“Tenía 25 años y regresaba de pasar un fin de semana en la playa cuando tuve el accidente. La lesión cervical me afectó a las piernas, la manos y el tronco. Pasé año y medio ingresada asimilando mi nueva situación y aprendiendo a enfrentarme a la silla de ruedas, a comer... Fue una etapa difícil y lo primero que pensé es en todo lo que me iba a perder. Pero gracias al apoyo de mis padres y amigos, recuperé la ilusión. Cuatro años después del accidente me casé y tuve a mis mellizas. Otro sueño hecho realidad. Mi discapacidad no ha frenado mi vida. He aprendido a vivir con lo que tengo y con lo que me falta. Creo que ha habido un cambio de actitud, antes nos miraban con pena y hoy lo hacen con admiración”.
Ana Victoria Álvarez, sorda, 41 años. Profesora de lengua de signos en el Colegio El Sol, separada y con una hija. “Soy feliz con la vida que llevo aunque no pueda oír”
“Soy sorda profunda de nacimiento, al igual que el resto de mi familia, y en casa siempre nos hemos comunicado en lengua de signos. De hecho, mi hija es oyente y nos entendemos en este lenguaje porque la lectura labial acaba agotándome. Lo más difícil para mí siempre ha sido relacionarme con oyentes que no conocen esta forma de comunicación porque, aunque puedo articular palabras, la mayoría no me entiende. Entonces me hago entender a través de la escritura aunque para gestiones complejas como ir al médico, asistir a una reunión de vecinos, hacer la renta o ir al banco, llevo siempre un intérprete: llamo a la asociación CILSEM y me lo proporcionan para ese día en concreto. Por lo demás, veo la tele con subtítulos, tengo un teléfono adaptado y un fax para recibir documentos... Tengo asumido que soy sorda y que nunca voy a oír cómo suena el mar o la música, pero tampoco me obsesiona. Me siento plena y soy feliz con la vida que llevo aunque no oiga. Voy a la Universidad con intérprete, me encanta viajar y me he ido sola a recorrer Alemania, Escocia y Marruecos. Los límites se los pone uno mismo, no la discapacidad que tenemos”.
Juana Luisa Ezquerro, síndrome de Down, 24 años. Ordenanza en el colegio madrileño Nuestra Señora de Loreto, soltera. “Mi trabajo me hace sentir útil y me da independencia”
“En mi trabajo me ocupo de hacer fotocopias y recoger o entregar documentos en los diferentes despachos. Es mi primer puesto laboral y estoy muy contenta porque me hace sentirme útil, además de que el sueldo me da independencia económica. Los primeros días fueron un poco difíciles porque todo era nuevo para mí y estaba nerviosa, pero por suerte tenía a mi formadora, Sheila, conmigo. Una vez que ya aprendí mis tareas me dejó sola y hasta hoy. Cada día hago tareas diferentes y aprendo algo nuevo, así que me gusta mucho. Y el ambiente entre los compañeros es muy agradable, todo el mundo me trata fenomenal y me aprecia. Es más, no me tratan de forma diferente por tener síndrome de Down. Todos los días a media mañana quedo con un par de compañeras para tomar un café y charlar con ellas. Espero poder seguir trabajando en un futuro, porque me gusta estar activa y enriquecerme profesionalmente. Ya por la tarde, en función de los días, voy a natación, hago taekwondo, estoy realizando un taller de informática y sigo con el curso de formación laboral permanente en la Fundación Síndrome de Down en Madrid. Debemos tener las mismas oportunidades que el resto, pero también tenemos que formarnos y prepararnos para acceder al mercado laboral”.