Trabajo

Soraya Sánchez, campeona de Europa de boxeo: Una vida a golpes

Así ha conquistado el título de campeona de Europa (EBU) de boxeo Soraya Sánchez, una madrileña de 32 años que está dispuesta a ser la próxima campeona.

La cita es en el gimnasio Barceló de Madrid, para muchos entendidos, un verdadero templo del boxeo; para Soraya Sánchez, “mi casa”. Y no exagera al denominarlo así, no en vano se pasa más tiempo en este espacio que en su propio hogar, ya sea entrenando para las competiciones o detrás del mostrador, trabajando como recepcionista.

Al estar un rato con ella a las puertas del gimnasio, nos asalta la duda de si la flamante campeona de Europa de boxeo en peso gallo no está pecando, además, de humilde.

Porque si el Barceló, efectivamente, es su hogar, ella es sin duda la reina de la casa, o al menos lo parece a juzgar por el cariño con que la tratan todos. Y ese “todos” comprende desde sus compañeras de ring, que compiten a un nivel amateur, hasta unos señores, que van de grandes a muy grandes, que le lanzan sonrisas de azúcar al decirle hola o al darle la mano. El mundo del boxeo parece muy orgulloso de su nueva campeona.

Pero nosotros a lo nuestro y, entre bíceps y tríceps, nos remontamos a cómo empezó todo, a las enseñanzas de pequeñita del abuelo boxeador, a los primeros pasos en el kick boxing y el full contact, y a cómo el boxeador Pablo Navascués la captó para su causa, el boxeo.

Pero lo que de verdad convenció a Soraya de que esto era lo suyo fue, paradójicamente, su primera derrota y, sobre todo, la poca confianza que depositaron en ella sus más allegados. Mientras ellos, preocupados ante el resultado desfavorable de la pelea, le pedían “tú no pelees más, Sori”, ella se enamoró de la experiencia y la adrenalina, de estar en el vestuario, de que la vendaran las manos, del paseíllo hasta el ring, del sonido de la campana, de los seis asaltos a palos… Y decidió seguir adelante. El tiempo le ha dado la razón.

Desde entonces han pasado 11 años y el panorama ha cambiado mucho. Para empezar, después de aquella primera derrota Soraya sólo ha perdido en otras dos ocasiones. Con tan sólo ver sus rasgos cincelados, nos lo creemos.

Lo fácil sería compararla con un gladiador, pero en realidad recuerda más a un pura sangre, una criatura en tensión, creada para competir y darlo todo al hacerlo, de la que sabes que, si echa a correr, más vale que te quites de su camino o te arrollará.

Sus contrincantes lo han probado. “Yo en España he peleado con todas, –explica–. De los 59 kilos, bajé a los 57 luego a los 55, volví a subir a 59… He peleado en un montón de pesos diferentes para poder combatir, porque cuando yo empecé había pocas chicas, y cuando hay pocas te tienes que hacer a la idea de que, aunque tu peso natural son los 55 kilos, si te sale una pelea de 59 pues te toca coger peso, porque si no peleas no coges experiencia y sin experiencia no logras nada”.

Ni que decir tiene que Soraya sí quiere hacer cosas importantes. La cosa se puso seria el 27 de octubre de 2007, con el salto a la profesionalidad. Entonces fue el momento de sacrificar horarios, hidratos de carbono, vacaciones y amistades, y de
comprobar que esto duele, y mucho.

De hecho, el lema parece ser: “si no duele, no vale”. Al hablar de esta etapa, las palabras  de Soraya destilan orgullo y un término aparece por encima de cualquier otro: sufrimiento.

Por el esfuerzo que hay que  realizar, porque se compite con auténticas profesionales y porque en este escalafón los combates se alargan si se quiere llegar a aspirar al título de campeona del mundo (a 10 asaltos de dos minutos cada uno). Puntuar, por descontado, también es más difícil. “Ni juntando todos mis combates amateur (más de 30) he sufrido la mitad de lo que he sufrido en uno solo como profesional”, afirma.

Y a continuación entramos dentro del gimnasio a ver lo que es sufrir. La primera impresión que da el Barceló es que la operación “de hoy no pasa, tengo que apuntarme al gimnasio” está en pleno auge y que el boxeo es el deporte de moda, porque apenas caben los novatos que intentan seguir las indicaciones del preparador.

Claro que, viendo a los pobres de algún extraño arte marcial de la clase de al lado arrastrarse por el suelo durante 20 minutos, no cabe duda que lo de saltar a la comba a velocidad supersónica y “hacer sombra” tiene mucho más glamour. Pero a nosotras no nos interesan los novatos ni los marciales y nos encaminamos directamente a donde están las boxeadoras.

Aquí empieza lo bueno. Son más de las que esperaba encontrar: hay dos rings, sacos de boxeo, espejos, mujeres de edades, tamaños y pesos dispares, y varios preparadores pendientes de todos sus movimientos.

Y un cierto ambiente a campamento de los marines, y no lo digo por el olor (porque evidentemente huele, como cabría esperar con 20 personas ejercitándose como si les fuera la vida en ello), sino por los entrenadores que jalean a sus pupilas con frases del tipo “ese saco, que se oiga” y “ahora es cuando hay que empezar a sufrir”.

No sé qué consideran ellos sufrir, pero ya hay charquitos de sudor en el suelo. Para completar el cuadro, una alarma suena cada 60 segundos para indicar a las que están en el ring que ha terminado el asalto. Algunas, se las nota, están deseando que suene esa alarma.

Pero, a pesar de las “leches” que recibe de su compañera, cuando suena el bendito “piiiii” ambas se apoyan en las cuerdas y sonríen al tendido satisfechas. Lo de Soraya es peor ¡El sexo débil! La campeona no se entrena con chicas, sino con hombres. “Son 10 asaltos de dos minutos con chicos, como para no sufrirlos”, explica.

Pero, por si nos quedan dudas de que las mujeres también saben lo que se hacen cuando se suben a un ring, agrega: “Al día siguiente de una pelea a seis asaltos con Isabelle Leonardi (una boxeadora profesional francesa), me levanté como si me hubiera pasado un camión por encima. Del dolor, no podía hablar”. Y sonríe.

Entonces, ¿podría ganar la campeona de Europa a un hombre en un combate? La respuesta nos deja de piedra: “No -afirma contundente-. En mi peso, él siempre va a tener ventaja. No hay ninguna mujer más fuerte que un hombre en su peso, no me lo creo; date cuenta de que somos el sexo débil”.

Y, a continuación, empiezan las series de abdominales, una, dos, tres cuatro… 20. Me canso de contar y miro al sexo débil combatiendo y entiendo que, si no fuera por las protecciones que llevan en la cabeza, más de una mañana irían al trabajo con la cara como si tuviera paperas. Y sigo sin comprender cómo no salen corriendo al primer porrazo.

“Cuando suena la campana estás sola, eres tú contra la rival. Esto no es el fútbol, que si te vienen mal dadas le pasas el balón a un compañero. Estás sola, y esa soledad es lo que hace grande a un boxeador”, explica Soraya.

Conclusión: para este deporte no vale cualquiera, eso sí me queda claro y además, para dedicarte a él como profesional no te tiene que gustar, te tiene que encantar. Y, por supuesto, los hipocondríacos, abstenerse. Porque las lesiones están ahí, acechando, otra cosa más que distingue al boxeador del resto de los mortales, que tampoco teme lesionarse. “Ni las chicas pensamos en eso. A mí me da miedo lesionarme en una pelea y que me la paren porque me abran una ceja de un cabezazo. Pero una nariz rota, un hombro dislocado… ningún boxeador piensa en eso”, explica Soraya.

Ninguno piensa en lesionarse, todos sufren entrenando, pero muy pocos (y pocas) llegan a donde ha llegado Soraya, y lo sabe. Porque no todos poseen una forma física impecable y una cabeza fría que nunca, jamás, le ha fallado en un combate. La misma cabeza que exigió en su cuarta pelea como profesional pelear “con gente buena de verdad”.

Tenía 30 años y sufría con la idea de quedarse estancada. Pero le trajeron a Isabelle Leonardi, la mejor boxeadora europea, la francesa que la dejó como si la hubiera atropellado un camión… y la venció. Cabeza fría y alma “La gané a corazón, porque en el cuarto asalto íbamos a combate nulo y en el quinto y en el sexto saqué fuerzas de dónde no tenía y gané”, recuerda.

A la sorpresa inicial por la victoria se le sumó la alegría de saber que podría llegar a lo más alto, que había ganado a una competidora que estaba clasificaba para los Europeos, cuando ella tan sólo llevaba cuatro peleas como profesional. Después de aquello venció a otra francesa y de allí pasó a la pelea con la primera clasificada para el título europeo, Nadege Szikora. La barrió.

De 10 asaltos, la venció en ocho y se puso el cinturón que la acredita como campeona. “Ahí sí que no me dolía nada. Estaba arrolladora, en mi mejor momento, podría haber peleado con la que fuera. Tenía tal subidón después de ganar que me hubiera ido desde Torrejón a mi casa corriendo”, recuerda.

¿Y ahora? Pues ahora, mientras las chicas se retiran a las duchas, Soraya continúa entrenando. Le espera una temible rival mexicana y por delante queda un duro entrenamiento de ocho semanas para lograr una forma física perfecta. El Mundial de boxeo femenino se merece el esfuerzo.

Y las pocas ganas que tiene esta mujer de parar, también. Bueno, de momento: “Soy muy niñera. A lo mejor se me acaban las ganas de competir cuando quiera mi propia familia, pero por ahora tengo 32 años y sé que me quedan un par de años de carrera”. A ver qué consigue en ese tiempo. De momento se despide con una rectificación: “Puedo ganar a un hombre por puntos. Eso puede ser. Soy campeona de Europa y a mí nadie me ha regalado nada”.

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